| Última actualización:21 de Agosto de 2022 - 07:45

Las consecuencias de la ausencia de República

El proyecto del kirchnerismo en el poder siempre ha sido y es tres cosas: autoritarismo, violencia política y corrupción. Pero hoy la sociedad ha comenzado a reaccionar y lo más revolucionario en la Argentina actualmente sería recuperar la normalidad institucional.

Por Álvaro de Lamadrid
La vicepresidenta Cristina Kirchner (izquierda), junto al mandatario Alberto Fernández. La vicepresidenta Cristina Kirchner (izquierda), junto al mandatario Alberto Fernández. Foto: NA/Juan Vargas.

La llegada de la dinastía de los Kirchner al poder nacional fue acompañada por un ferviente deseo y una enorme necesidad del pueblo argentino de concretar al fin una democracia justa, inclusiva, moderna, solidaria y eficiente. Se prometía un "nunca más" a los Alderete y las María Julia en el PJ, tal como Kirchner manifestaba en su cierre de campaña en el mercado central. Se promocionaba el retorno de un país normal.

Quienes veníamos sufriendo y padeciendo al kirchnerismo y conocíamos en detalle la forma con la que los Kirchner concebían y ejercían el poder en Santa Cruz, y su lógica, sentíamos en ese tiempo una mayor responsabilidad de alertar y gritar a viva voz lo que se venía: la reproducción y réplica a escala nacional del autocrático, populista y conservador manual de Santa Cruz.

Se venía la época de la política del poder bruto; del poder sin moral, impiadoso y cruel contra todo aquello que se interpusiera en sus planes de doblegar, rendir, subyugar y quebrar a la sociedad argentina y a sus instituciones públicas a fin de colocarse, como en Santa Cruz, por fuera de la ley.

Para el kirchnerismo, desde su origen en 1987 en la intendencia de Río Gallegos a la fecha, gobernar es mandar. En su pensamiento, solamente puede mandar quien puede hacer lo que quiera sin la posibilidad de ningún freno institucional.

Así, el poder se concibe como arbitrariedad, sin que pueda ésto ser frenado o repelido o menguado por ninguna acción o contrapeso republicano.
"¿Qué es el kirchnerismo? ¿Cómo son los Kirchner?", se me preguntaba en 2003. Eran tiempos difíciles aquellos.

El relato, guión y montaje de los Kirchner comenzaba a surtir efecto en la sociedad, en los medios y en la dirigencia política en general. Se ampliaba rápidamente la débil base de sustentación política con la que el Gobierno iniciaba su llega al poder.

La sociedad argentina acompañaba al hombre común de mocasines, que se alejaba del protocolo, mostrando una frescura y rebeldía impostada y cínica. El hombre firmaba con lapicera Bic su asunción presidencial y prometía un país en el cual su presidente jamás dejaría sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada.

Claro que no las dejaría. Lo sabíamos. Pero, ¿cuáles son las convicciones del kirchnerismo? ¿Cuál es su genoma? Este proyecto siempre ha sido y es tres cosas: autoritarismo, violencia política y corrupción. Así le contábamos a todo interlocutor que nos preguntaba. Hablábamos, como alguna vez dijo Jesús, para todo aquel que quisiera escuchar.

Lo que se veía como bueno en sus inicios no era otra cosa que el exitoso plan de acción sobre el cual se comenzaba a sentar las bases para convertir al país en Santa Cruz. Ésa fue la lógica del Gobierno tan difícil de decodificar para muchos, por años.

Ese modelo de gobernar requería como necesario, duele decirlo, cometer más de un delito por día para funcionar. Los Kirchner construyeron un cuento que no prestó demasiada atención a los detalles, como si brotara de un lugar carente de historia, de pasado, de contradicciones, errores, manchas, ocultando esa historia desconocida para el gran público.

Era difícil que se nos creyera en ese momento. No se nos escuchó pese a esfuerzos inhumanos que cayeron en sacos rotos. No es cierto que las personas y los pueblos adoran la verdad y sólo desean y necesitan la verdad. Al menos no todo el tiempo o en todo momento; a lo ignominioso cuesta mirarlo de frente.

Al que dice la verdad muy rápido raramente le va bien. Muchas veces los pueblos, como las personas, se cansan y desoyen los hechos que no les agradan. Entonces, a quienes dicen la verdad se los tilda de pesimistas y negativos. Jean-Paul Sartre decía que muchas veces quien es visto como pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado.

Así se logró internalizar en la sociedad, y hasta en los medios, como un hecho la idea de los Kirchner ricos desde siempre, preocupados por los Derechos Humanos y progresistas, representantes de la nueva política y emancipadores de la Nación. Los Kirchner se enriquecieron en la función pública.

Dejaron correr y les gustaba que se diga que se hicieron inmensamente ricos con la 1050 en la época de la dictadura, pues esa circunstancia les aseguraba que se creyera que eran ricos desde allí. Algunos periodistas creyendo los deslegitimaban y repetían "se hizo rico con la 1050".

La verdad de los Kirchner era más triste y patética, así que mejor fomentar esa idea. Remataron algunas casas con la 1050, pero no se hicieron ricos ni mucho menos. La verdad es que no hicieron nada por esos años por los Derechos Humanos, dejaron sin casa con rapacería a algunas familias, pero no se hicieron ricos. Se enriquecieron luego, ilícitamente en el ejercicio de casi 40 años de la función pública.

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Aun hoy Cristina Kirchner ni siquiera puede acomodar los tiempos del relato ni justificar siquiera su declaración en blanco. Por supuesto, la fortuna de la ex presidente no es la declarada, sino que como denuncié en 2012 es cercana a los 21.000 millones de dólares, si se suma la fortuna de sus testaferros y sus participaciones accionarias.

También se instaló la idea del progresismo; del falso progresismo. Éste sirvió como una muralla contenedora de su corrupción. Compraron la causa de los Derechos Humanos y pusieron a las Madres de Plaza de Mayo a defender la corrupción de su Gobierno.

No es progresista ser corrupto y ser ladrón y quemarle la casa a los opositores como hacían los Kirchner en Santa Cruz. No es progresista aprovecharse de causas nobles y sagradas para provecho personal. El Gobierno de los Kirchner aprovechó un crecimiento económico heredado. Un crecimiento económico repentino y artificial en cierto modo, porque se basaba en circunstancias económicas coyunturales favorables del mundo y no en medidas políticas genuinas ni propias. El país crecía sin mérito de los Kirchner.

Se logró así que el manual de Santa Cruz convirtiera al Congreso nacional en un ámbito de no discusión, sino de imposición. La imposición es el antónimo de la deliberación.

Nunca como en los años del kirchnerismo la decisión política estuvo tan aislada de la política y tan reducida a pocas personas. Se maniató a la Justicia y se logró que fuera tan servil y domesticada como la de Santa Cruz, sobre todo la Justicia Federal.

Hoy vemos que cuesta que la Justicia actúe. Quedan esos resabios. Y se convirtió a los gobernadores en oscuros gerentes de humillantes sucursales del poder central.

Se desguazó y desmanteló todo organismo de control, se generó un tiempo sin crítica ni debate, desapareciendo de modo alarmante los medios independientes del Gobierno y del poder. Se conformó un empresariado de testaferros y empleados del Gobierno. Millonarios pseudo empresarios que en un país normal no podrían ser siquiera buenos empleados.

Se dispuso de mucho dinero para gastar impunemente sin que se pudiera revisar o controlar medida de gobierno alguna. Igual que en Santa Cruz, cuando se cobraron las regalías hidrocarburíferas por más de 1.000 millones de dólares, no rendidos aún, con investigación judicial todavía pendiente.

Se persiguió y amedrentó a opositores, periodistas, empresarios, y se los escuchó y espió, al igual que a los estudiantes y obreros hasta con Gendarmería. Se filmaron las marchas y protestas, también con grupos parapoliciales. Por último, se ahogó y disciplinó a los medios, privilegiando con favoritisimo millonario e impune a quienes reflejaran la realidad guionada oficial.

¿Cuál ha sido el interés de controlar los medios? Que no se investigue, publique ni evidencie la corrupción ni todo lo que no es conveniente para el Gobierno. No solamente eso: se buscaba lograr que la sociedad adopte como moral, la moral de la pandilla. Es decir, tratar de imponer hechos creados o falsificados.

Pero los gobiernos perecen por la exageración de sus principios, nos enseñó Aristóteles. Luego de la muerte de Kirchner y de lograr transformar la misma en un triunfo electoral, Cristina Kirchner se desbocó. Se desnortó. Ya la proliferación de bolsos, valijas, vuelos y viajes con dinero se tornó desprolija y descontrolada.

La expresidente reconocía en ese tiempo su, "Vamos por todo" y Carlos Zannini confesaba "que no habían puesto a la Corte para esto". Se permitieron terminar con la única certeza que tenía el pueblo argentino luego del menemismo como política del Estado: que no íbamos a caer en los brazos de Irán. La ex presidente cruzó ese límite y pactó impunidad con Irán.

Hubo más: se nombró al represor Milani como jefe del Ejército. Se subió un cuadro vergonzante y se puso a las Madres a defenderlo. Se intentó hacer del Consejo de la Magistratura el lugar donde se llevarían a cabo las purgas que garantizarían impunidad frente al saqueo.

Se dijo que se quería democratizar la Justicia, tal vez pensando en Zannini como presidente de la Corte, como en la Santa Cruz de 1998, cuando temían perder la provincia e ir presos.

Se insistió con la ley de medios para cerrar el manual de Santa Cruz completo y realizado. Se intentó, como en Santa Cruz, ir hacia una reelección indefinida mediante la reforma de la Constitución nacional. Se perseguía terminar con la disputabilidad real del poder.

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Cuando el poder no puede disputarse, la democracia es parodia y simulación. Hoy todo es muy burdo. Con La Cámpora solamente ya no se puede con todo, más allá de Zannini y sus esfuerzos de complacer.

Hoy la sociedad ha comenzado a reaccionar y despertar. Las pesadillas sirven porque ayudan a despertar.

Ya tiene claro que el cambio no significa un cambio de Gobierno. Lo que debe cambiar es el sistema político, intentando colocar los cimientos para que la democracia sea una realidad palpable por el ciudadano. Esto es lo que está en juego y pendiente, más allá de investigar la corrupción organizada y criminal del kirchnerismo.

Se advierte hoy que hubo años de un ejercicio desmesurado del poder desde 2003 y esta política del poder bruto con corrupción macrocefálica ha sido disvaliosa para el país, ha causado pobreza, muerte, daño, dolor y atraso.

Se tardó mucho en reaccionar. Los Kirchner fueron un Gobierno de consignas y eslogans vacíos que jamás soportó que se lo investigue. Porque la corrupción fue galopante, bizarra, desopilante y asqueante.

Denuncié en febrero de 2016 a la ex presidente Cristina Kirchner por lavado de dinero, contrabando, narcotráfico y enriquecimiento ilícito. Esa denuncia señalaba la metodología del enterramiento de dinero, oro, armas y droga y daba precisión sobre tal accionar.

El kirchnerismo nos ha enseñado mucho en estos años. Primeramente, que no todo lo que viene es un avance. También nos enseñó que los argentinos debemos dejar de tirarnos los muertos y estar dispuestos de una buena vez a hacer cosas que no vamos a poder ver. Así se hacen grandes los países. Resulta imperioso poner fin al hiperpresidencialismo.

Es necesario que comprendamos que el cambio en la Argentina no tiene por qué tener la dependencia atroz que tiene con respecto a la crisis y la calamidad. Por último, debemos aprender que tenemos que poner el poder en las instituciones y no en las personas, comprometiéndonos a un "nunca más" a la corrupción.

¿Cómo lograrlo? En principio, teniendo claro que el poder sin control siempre oprime. Hoy lo más revolucionario es recuperar la normalidad institucional. Debemos declarar imprescriptibles los delitos de corrupción -que son los delitos del poder-, aprobar la ley del arrepentido y extinción de dominio y ampliar el alcance y rigurosidad de la transparencia pública y la publicidad de los actos de gobierno.

Cuidado. De esto debemos ocuparnos los argentinos. Los argentinos debemos salvarnos solos.

Los Kirchner han sido grandes maestros. Su paso por el poder vino a enseñarnos, a mostrarnos nuestra peor cara como sociedad. Una sociedad que quitó la mirada del mal y no se preocupó preeminentemente por la corrupción. El entierro de dinero desnudó la cara más atroz de esta corrupción. Ese dinero enterrado, que aún debe buscarse, significó el entierro de una posibilidad única de dar un salto como país que nos llevara a ocupar un lugar de privilegio en el mundo y termine con la pobreza en la Argentina.

Venezuela es la copia burda y grotesca del modelo de Santa Cruz de quebrar y desbaratar el sistema desde el poder. Por eso Nicolás Maduro no está reconocido como presidente y los Kirchner sí. Los dictadores siempre hacen la misma jugada. Convocan al diálogo cuando le conviene para ganar tiempo.

Al manual para corruptos progresistas de Cristina Kirchner le faltaron dos capítulos. Justificar la expoliación de los recursos públicos y privados (campo) con un relato épico, a la bolivariana. Y el otro capítulo es como regenerar cajeros genuflexos y confiables, luego de la extinción de sus cajeros históricos, al caer presos y ser echados al agua por Cristina Kirchner sin piedad.

Hoy a nadie le gustaría estar en lugar de José López o Julio De Vido. Ya es proverbial la crueldad y ausencia de códigos de Cristina con sus subordinados. Son todos piezas descartables de esa gigantesca matriz de la corrupción que ha descripto con lujo de detalles el fiscal Diego Luciani.

(* - Álvaro de Lamadrid es dirigente radical, ex diputado nacional).

 

Escrito por Álvaro de Lamadrid
NA - Buenos Aires, Argentina