Cuando pienso en la democracia y su importancia, usualmente me remonto a octubre de 1983. A pocas cuadras de mi casa cerraba su campaña a gobernador Carlos Menem, luego de haber estado detenido arbitraria e injustificadamente por más de 5 años en manos de la dictadura militar.

Recuerdo que fue un multitudinario acto. Tres cuadras de gente y un discurso cargado de esperanza en la víspera del retorno de la libertad del ejercicio democrático.

Apenas tres días después, se llevaban a cabo las elecciones generales que pondrían a Carlos Menem como gobernador de La Rioja, como así también a Raúl Alfonsín en la presidencia de la Nación. Era la vuelta de la democracia luego de largos, tristes y oscuros años para la Argentina.

Recuerdo como si fuera hoy la cantidad de jóvenes que con mucho fervor militaban tanto en el justicialismo como en el radicalismo, en una provincia de tradición bipartidista.

Ninguno de los entusiastas militantes contaban con cargos públicos ni tenían interés en llegar a alguno. Se militaba por las ideas sin más, se respiraba otro aire democrático, más genuino, algo que lamentablemente se viene perdiendo con el correr del tiempo.

Es bueno traer a la memoria esos momentos transitados desde 1983 y observar hasta donde hemos llegado hoy, 40 años después.

Desde mi humilde opinión entiendo que durante estos últimos años se ha tergiversado el verdadero significado de la palabra democracia. Siento que se la ha vapuleado, se la atacado, y se ha usado su nombre en vano en muchas ocasiones.

Paradójicamente, muchos de los dirigentes políticos que han socavado la libertad democrática son los que suelen llenarse la boca hablando de las virtudes de la democracia.

Si entendemos como democracia que el poder lo tiene el pueblo porque, supuestamente cada persona vota en “libertad”, es que arrancamos suponiendo situaciones que no son tales.

No siento que haya democracia verdadera cuando un gobernador, ministro, intendente o diputado provincial asigna las viviendas que construye el Estado, solo a sus partidarios dejando de lado a los que piensan distinto, aplicando prioridades netamente ideológicas.

Tampoco siento que haya democracia genuina, cuando personas contratadas por el Estado provincial o municipal son echadas de su trabajo por fiscalizar una elección para un espacio político distinto al que gobierna.

Menos aún siento que hay democracia transparente cuando sistemáticamente la mayoría de los funcionarios de un gobierno trabajan en equipo para robarse, romper, esconder los votos de otros partidos.

Ni hablar del voto cadena, el voto marcado, o pagar por troquel a la salida de los establecimientos educativos donde se realizan los comicios.

¿Qué es la democracia sin libertad de elegir? Una cáscara vacía. ¿Qué es la democracia, cuando se recurre a la coerción, al clientelismo y a la dependencia, para solamente perpetuarse en el poder? Una excusa. Nada más que una excusa hipócrita en pos del propio beneficio de una clase política que no tiene interés en que la ciudadanía pueda progresar, con tal de que nunca pueda independizarse de ellos.

Ante estas y otras prácticas que violentan manifiestamente la libre voluntad del elector, muchas veces me contestan que "esto siempre fue asi".

Y si uno en su sano juicio entiende que la política es una herramienta para mejorarle la vida a la gente, y observa los resultados de los últimos veinte años, es que llego a la conclusión de que algo no está funcionando como corresponde.

Hace dos años ingrese en el mundo de la política, y como legislador provincial presente un proyecto de boleta única de papel, para terminar de una vez por todas con esta "obscena carrera de obstáculos" que implica el sistema electoral vigente en La Rioja el cual fue, para variar, unánimemente rechazado.

Pregunto ¿no coincidimos en la importancia de tener elecciones limpias bajo un sistema simplificado y al mismo tiempo reduciendo costos?

La boleta única de papel reduce considerablemente la posibilidad de vulnerar la voluntad popular de innumerables maneras, aparte de simplificar la fiscalización y escrutinio, y de reducir el presupuesto que eroga el estado en papel en mas del 90 por ciento.

Podría escribir un libro con todas las irregularidades que atentan en contra de la libertad de poder sufragar de la manera más transparente posible, pero no es el objetivo de este artículo.

Estamos a una semana de la elección presidencial más importante de los últimos cien años, donde se ponen en juego dos modelos de país: o elegimos continuar con el fracaso ininterrumpido de las últimas dos décadas, o elegimos un camino distinto, que apela retornar al camino que hizo a la Argentina el país más rico del mundo. Muchos dicen que eran otros tiempos.

Yo considero que, con los adelantos tecnológicos, el mundo globalizado como oportunidad y el potencial actual, trepar a los primeros puestos será más fácil incluso que a finales del Siglo XIX, cuando millones de inmigrantes eligieron este país para cumplir sus sueños.

Hoy, lamentablemente, nuestros jóvenes eligen los países de donde vinieron sus abuelos para progresar.

No hay mucho más que esto. Es continuidad o cambio. Es inflación o estabilidad. Es pobreza o crecimiento. Es salarios de miseria o dignos. En definitiva, es continuar con esta catástrofe conocida, o decidir tomar otro rumbo.

Celebremos los 40 años de democracia que tanto nos costó conseguir, pero eso sí, trabajemos incansablemente en cuidarla, mantenerla y mejorarla cada día del resto de nuestras vidas. Es posible y vale la pena.

(*) - Martín Menem es diputado nacional electo por La Rioja y ex candidato a gobernador de esa provincia.