Por Antonio D’Eramo

La Unión Cívica Radical (UCR) está vez defraudó sus antecedentes y evitó agregar un capítulo más a su larga historia de divisiones, internas y portazos de sus líderes, cuando no su propio suicidio, como sucedió en el lejano 1896 con Leandro N. Alem, que tuvo como motivo denunciar las luchas entre los correligionarios de su tiempo.

La nueva conformación del Comité Nacional, máximo órgano partidario, que fue proclamado el viernes 17 de diciembre se logró en un salón del edificio de la calle Alsina, con celulares abiertos a conspicuos operadores del partido y, mirando por televisión, la derrota oficialista, para muchos radicales autoinfligida por Máximo Kirchner, en el Congreso Nacional, en ocasión del tratamiento del proyecto de Presupuesto 2022 en la Cámara de Diputados.

Mientras que en el Parlamento, Sergio Massa no contaba con la ayuda de su amigo Gerardo Morales ni mucho menos con la templanza del jefe de su propia bancada para dar media sanción al presupuesto, en el Comité Nacional, esta vez, no volaron los vasos ni se propinaron insultos entre Morales y Lousteau y sus respectivos seguidores por el incipiente quiebre que se produjo luego que el diputado Emiliano Yacobitti emigrara de la bancada conducida por el cordobés, Mario Negri, junto a 11 legisladores más para conformar la agrupación Evolución-Radical.

Los auto denominados renovadores, por el grupo de Lousteau-Yacobitti apadrinados por el componedor hombre de negocios, Enrique “Coti” Nosiglia, tensaron la cuerda todo lo que se pudo pero, como anticipó NA, el plan no era romper sino probar hasta donde se podía doblar la vara que separa el punto de no retorno.

Los radicales tienen memorias de esas divisiones, de esos  desprendimientos, como sucedieron en los albores de la vida cívica del partido enfrentados entre personalistas y anti  personalistas en torno a las figuras de Hipólito Yrigoyen y de Marcelo  T. Alvear. O, las diferencias irreconciliables de los ´50 entre los unionistas de Ricardo Balbín y los intransigentes de Arturo Frondizi.

Salvando las diferencias ante la relevancia intelectual de estas figuras del radicalismo, las discrepancias entre el ala federal del partido liderada por el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, y los renovadores bonaerenses, de Martín Lousteau, se acentuaron porque proponen dos esquemas de poder alternativos que, para funcionar y ser viables, necesitan de la unidad partidaria como un motivo sine qua non.

Las razones detrás del acuerdo

Hace 32 años que el “Coti” Nosiglia está disponible en dos líneas telefónicas para arreglar “todos los problemas” como solía expresar Raúl Alfonsín acerca de su ministro de interior. Ese fue el paso más relevante por la función pública del dirigente radical misionero, de 72 años de edad, que prefiere, desde entonces, trabajar en silencio, tras bambalinas en sus negocios y en la política. Otros hablan por él y cuando lo hacen se trata, por lo general, de una jugada bien pensada. De una estrategia que culminará con un saldo a favor cuando las partes se sienten a la mesa de negociaciones.

Pareció que la jugada de su discípulo porteño, el vicedecano de la facultad de Ciencias Económicas de la UBA y diputado nacional, Emiliano Yacobitti, de romper el bloque radical en la Cámara baja había sido un desafío imperdonable a lo que se sumó la desafección de dos diputados provinciales en el Parlamento bonaerense que responden al intendente de San Isidro, Gustavo Posse, privando a la oposición de la primera minoría en ese cuerpo que ahora detenta el Frente de Todos.

Dos afrentas mayúsculas para una oposición, la de Juntos, que venía de triunfar en las recientes elecciones legislativas pero que no supo aprovechar el envión de la victoria para imponer condiciones al oficialismo nacional y bonaerense.

Estaba todo preparado para un nuevo escándalo entre boinas blancas en la sede del Comité Nacional cuando se renovaran las autoridades pero, el diálogo componedor de la familia radical se produjo y hubo abrazos y hasta pedidos de disculpas de parte del nuevo presidente partidario, Gerardo Morales, por los excesos verbales y de otro tipo que propino a Martín Lousteau en los días previos.

Sin embargo, la paz alcanzada es precaria y se extenderá hasta el turno electoral del 2023.

Coinciden las dos facciones en hacer de la Unión Cívica Radical  un partido de poder. Es la apuesta del sucesor de Alfredo Cornejo al mando del Comité. Las primeras declaraciones de Morales fueron en ese  sentido “el radicalismo debe dejar de ser furgón de cola del PRO y tiene que disputar el liderazgo de Juntos por el Cambio sin poner en riesgo la unidad de la coalición con el resto de los partidos como el PRO y la Coalición Cívica”. Además, voceros de Morales afirman que para ser una auténtica formación con vocación de poder deben reconquistar el centro de la escena política y realizar un plan federal. “Las propuestas, esta vez, no saldrán de la Capital para las provincias sino que se propondrán desde las provincias hacia Buenos Aires”.

El sector renovador de Nosiglia, Lousteau, De Loredo y Yacobitti, coincide en la necesidad de devolver el centro de la escena política a la UCR pero difiere en la metodología propuesta por los “federales”.

Para los seguidores del senador Lousteau es necesario recuperar a la clase media urbana que se perdió en la crisis del gobierno de Fernando De La Rúa en 2001. Debieron pasar 14 años para que la UCR retornara al poder pero como un actor de reparto de las estrellas del PRO. Y, frente a los problemas sin resolver de la administración de Mauricio Macri que lo llevaría a perder el poder en 2019, Nosiglia auspició la presidencia del mendocino Alfredo Cornejo quien, de manera crítica, comenzó a desmarcarse del fracaso que se veía venir en 2018 y sumo en esa misión a Ernesto Sanz.

Ahora bien, ante la hipótesis de un cuarto gobierno radical en el 2023, para los renovadores, Gerardo Morales no parece ser el rostro que pueda reconquistar al votante de clase media defraudado, una y otra vez, desde el 2001. Para Martín Lousteau, Morales encarna la personificación de un caudillo del interior, que necesariamente no conecta con un gran sector de la clase media urbana como si lo pueden hacer, en principio, él mismo, pero también, Facundo Manes o Carolina Losada.

El sector de Gerardo Morales y de gobernadores como Gustavo Valdés de Corrientes contestó a los renovadores con un triunfo en la dirección de Juventud Radical al posicionar a la dirigente correntina, Valeria Pavón.

Pero, por su parte, los renovadores se hacen fuertes en las grandes ciudades con Rodrigo De Loredo en Córdoba; Maxi Pullaro y Carolina Losada en Santa Fe; y representantes en Entre Ríos; Tucumán; Mendoza y en CABA, Martín Lousteau.

El misterio de la esfinge Larreta

Gerardo Morales tiene sus sospechas por la actuación política de Horacio Rodríguez Larreta y las blanquea públicamente. Para el jujeño el dirigente del PRO “debilita al radicalismo” y “a diferencia de Mauricio Macri y de Patricia Bullrich que nunca se entrometieron en la vida política de la UCR, Horacio tiene mucha  caja y hay que poner reglas claras de convivencia”.

Detrás de estas especulaciones políticas se encuentran los términos y las condiciones de la alianza de Horacio Rodríguez Larreta con Martín Lousteau que, en primera instancia, se posiciona como el candidato natural a suceder al actual alcalde porteño. 

Sin embargo, las tribulaciones de Lousteau lo llevan a intentar comprender el rol que jugará en el futuro próximo, María Eugenia Vidal, repatriada a la CABA desde la  provincia de Buenos Aires, en el reciente turno electoral, y alter ego de Rodríguez Larreta. En algunos despachos se mide una posible fórmula entre Vidal y Fernán Quirós para el 2023 en la ciudad.

A pesar de las dudas de los asesores de Lousteau, Enrique Nosiglia, está a punto de ver como su hijo, Juan, asumirá en la secretaría de deportes porteña mientras que su otro hijo, Hipólito, trabaja junto al fiscal general de la ciudad, Juan Bautista Mahiques.

Para el sector federal de Morales son pruebas difíciles de refutar acerca de una alianza táctica de los radicales de Evolución con el Jefe de Gobierno porteño que ha hecho, de su candidatura presidencial, una obsesión.