| Última actualización:14 de Agosto de 2022 - 17:16

La paciencia de Alemania y el secreto del éxito

Muchos admiran al fútbol alemán por sus buenos resultados. Pocos saben de una tradición que nació hace 90 años.

Por Mariano Hamilton
El plantel de Alemania celebrando el título en el Mundial 2014. El plantel de Alemania celebrando el título en el Mundial 2014. Foto NA: Archivo.

Alguna vez aquel fantástico goleador inglés, Gary Lineker, dijo: “El fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y al final los alemanes ganan siempre". No es tan así, obviamente, pero tenía algo de razón.

Por eso, y ahora cuando estamos calentando los motores para el Mundial de Qatar, se nos ocurre interesante contar cómo se construyó el “milagro” alemán por el que, en 19 participaciones en mundiales, consiguió históricamente muy buenos resultados.

Cuando Alemania ganó el Mundial de Brasil en 2014, se instaló en el ambiente la idea de que el secreto alemán era la continuidad de un proceso de una década llevado adelante primero por Jürgen Klinsmann y luego por Joachim Löw. Se instalaba la fecha del comienzo allá por julio de 2004 (cuando asumió Klinsmann con Löw como asistente) y se resaltaba la continuidad de Löw cuando Klinsmann dio un paso al costado en julio de 2006.

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Recuerdo que por aquellos años se decía que Klinsmann y Löw habían producido algo así como una mutación genética en las cualidades de los jugadores, para transformar a aquellos toscos y rústicos alemanes en esos que le habían convertido 7 goles a Brasil en la semifinal del Mundial del 14. Los que afirmaban esto, no habían visto jugar a Beckenbauer, Seeler, Gerd Müller, Breitner, Netzer, Höeness, Lotar Matthäus, Rummenigge, Vogts, Völler, Klinsmann, Brehme, Bierhoff, Sammer y, más acá todavía, a Ballack, sólo por citar a algunos que nos quedaron grabados en la retina por su extraordinario talento.

Los periodistas que defendían el argumento de una década de crecimiento tampoco repasaban las actuaciones de Alemania en los Mundiales: 1930, no jugó; 1934, tercero; 1938, octavos de final; 1950, no jugó; 1954, campeón; 1958, cuarto; 1962, cuartos de final; 1966, subcampeón; 1970, tercero; 1974, campeón; 1978, semifinalista; 1982, subcampeón, 1986, subcampeón, 1990, campeón; 1994, cuartos de final; 1998, cuartos de final; 2002, subcampeón; 2006, tercero; 2010, tercero; 2014, campeón y 2018, afuera en primera fase. O sea: cuatro títulos, cuatro subcampeonatos, cuatro terceros puestos, un cuarto puesto, una primera fase, una segunda fase, tres cuartos de final y un octavo de final. Estuvo entre los cuatro mejores en 13 de 19 mundiales.

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Con estos resultados, ¿es realmente sostenible afirmar que la revolución llegó a Alemania recién en 2006? Como para dejar claro que esto no es verdad, podemos sumar tres Eurocopas ganadas (1972, 1980 y 1996) y tres subcampeonatos europeos (1976, 1992 y 2008).

En definitiva, la planificación había nacido ya hacía mucho tiempo en el fútbol alemán, más precisamente 90 años atrás, en 1932. Porque desde ese año comenzó una tradición que aún hoy se mantiene inalterable: el segundo entrenador o asistente es quien se hace cargo de la Selección cuando sale el técnico principal. Y esta regla no se rompe jamás.

Todo comenzó en 1932 cuando nombraron a Sepp Herberger como asistente del director técnico de Alemania, Otto Nerz, quien estaba en el cargo desde 1923. Nerz fue quien inauguró la dinastía, ya que fue el primer DT de Alemania de la historia.

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Herberger se mantuvo en las sombras hasta que Nerz renunció en 1936, por la mala actuación del equipo en los Juegos Olímpicos de Berlín. En la conducción del país había unos muchachos, nazis ellos, que no dudaban para hacer rodar cabezas si las cosas no salían como ellos querían. Y el título de campeones olímpicos de fútbol era algo muy deseado por los jerarcas nacionalsocialistas.

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Lo curioso es que Herberger, que asumió en pleno auge de Hitler and Company, resistió en el cargo hasta 1964, con la guerra en el medio y tras un parate de actividades entre 1940 y 1946.

Recordemos que Alemania había sido apartada de toda competencia desde 1940 y que cuando terminó la guerra sufrió las consecuencias de las atrocidades perpetradas por sus dirigentes. Una de ellas fue que Alemania dejó de ser un territorio para convertirse en tres: el Protectorado del Sarre, la República Federal Alemana y la República Democrática Alemana. Estos dos últimos Estados fueron los que conformaron Selecciones para volver a competir desde 1950, luego de que la FIFA le levantó la prohibición de competir en torneos oficiales por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

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Así fue como Alemania comenzó a jugar otra vez luego del Mundial de Brasil, aunque lo hacía dividida en dos: como Alemania Occidental (la que estaba bajo la órbita de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña) y Alemania Oriental (bajo el dominio soviético).

A Alemania Occidental se la consideró la sucesora natural del viejo equipo alemán por dos razones: primero porque tenía a toda la prensa de occidente de su lado para demonizar a los orientales y, segundo, porque Sepp Herberger seguía a cargo del equipo que, cuatro años después, realizaría el milagro de ganar el mundial de Suiza, algo que ni los más entusiastas fanáticos alemanes soñaban, apenas 9 años después de terminada la guerra.

Herberger siguió como DT principal hasta 1964, pero un detalle pasó inadvertido: en 1956 incorporó a Helmut Schön como asistente. Y cuando Herberger renunció, Schön quedó a cargo del equipo con un nuevo asistente: Jupp Derwall. Schön dirigió a Alemania en el Mundial del 66 (subcampeón), del 70 (tercero), del 74 (campeón) y del 78 (semifinalista). Y cuando se retiró, el que asumió fue Derwall.

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Derwall fue entrenador seis años hasta que fue reemplazado por Franz Beckenbauer, quien se había retirado hacía un año (o sea que casi era un asistente de Derwall en la Selección). El Káiser dirigió al equipo entre 1984 y 1990 y fue sustituido en el cargo, después de ser campeón en Italia, por su segundo, Berti Vogts.

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Vogts fue el DT de Alemania ocho años y en el 98 fue reemplazado por Erich Ribbeck (su asistente), quien apenas duró dos años en el puesto por su fracaso en la Eurocopa de 2000 y fue cambiado por Rudi Völler (también su asistente), quien estuvo allí cuatro años hasta otra mala Eurocopa, la de 2004.

Ese fracaso marcó el ingreso de Klinsmann y Löw a la selección, lo que se mantuvo desde 2006 hasta 2021, es decir 15 años. Desde 2021 el entrenador de Alemania es Hans-Dieter Flick, quien había sido anunciado como el sucesor de Löw allá por agosto de 2016.

Flick había sido contratado como asistente de Klinsmann y Löw para desarrollar a los equipos menores en 2006. Hubo un interregno en el que Flick dejó la Selección para dirigir el Bayer Münich, entre 2019 y 2021, pero la sucesión ya estaba decidida y nada ni nadie la podría detener.

Que los alemanes son más serios que los argentinos para mantener a los entrenadores y para elegir una línea de juego, es cierto. Acá saltamos de Menotti a Bilardo, de Bilardo a Basile, de Basile a Passarella, de Passarella a Bielsa, de Bielsa a Pekerman, de Pekerman a Basile, de Basile a Maradona, de Batista a Sabella, de Sabella a Martino, de Martino a Bauza, de Bauza a Sampaoli y de Sampaoli a Scaloni. En la Argentina nunca se sabe bien a qué vamos a jugar en el siguiente ciclo. Los cambios de rumbo y los timonazos son moneda corriente. Y no sólo en el fútbol. Observemos qué pasa a nivel político y veremos que la continuidad o los proyectos a largo plazo parecen palabras prohibidas en nuestro país.

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Lo más extraño es que pese a que los argentinos damos lástima en lo organizativo, esos cambios de estilo no afectaron demasiado a los resultados deportivos. De hecho, pese a Julio Grondona destruyó lo construido por José Pekerman en los juveniles con su hijo Humbertito, Argentina fue subcampeona del Mundo en Brasil y subcampeona dos veces y campeona en las tres últimas Copas Américas.

Desde la muerte de Grondona para acá, pasaron decenas de cosas en el fútbol argentino. No nos vamos a poner a contarlas porque ya casi todos las saben. Ahora conduce Chiqui Tapia y una de sus primeras medidas fue despedir a Bauza y contratar a Sampaoli. O sea, otro salto de un estilo a otro. Hasta que apareció cierta cordura y, más allá de algunas cuestiones éticas (Scaloni integraba el cuerpo técnico de Sampaoli y se quedó a cargo de los mayores cuando todo indicaba que debía renunciar), es deseable que de aquí en más se mantenga una línea y, además, que ese mensaje baje hacia las Selecciones menores como sí está pasando con Aimar, Mascherano y otros ex jugadores. Si todo fuera normal, los sucesores de Scaloni en el futuro no deberían salir de Aimar, Ayala o Samuel, es decir de los asistentes de Scaloni. Es lo máximo que se puede pedir. Y por ahí, dentro de 90 años, las futuras generaciones podrán hablar de proyectos serios y de largo alcance.

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Escrito por Mariano Hamilton
NA - Buenos Aires, Argentina