| Última actualización:23 de Septiembre de 2022 - 11:56

La Gran Depresión del 29 marcó al primer mundial de la historia, que se realizó en Uruguay en 1930

El primer campeonato se enmarcó dentro de un contexto mundial que fue determinante en un contexto de posguerra y disminución del consumo. 

Por Mariano Hamilton
El Mundial de 1930 se enmarcó dentro de un contexto mundial imposible de esquivar: la Gran Depresión de 1929. El Mundial de 1930 se enmarcó dentro de un contexto mundial imposible de esquivar: la Gran Depresión de 1929. Foto NA: Archivo.

El primer torneo mundial de la historia, el que se jugó en Uruguay en 1930, se enmarca dentro de un contexto mundial imposible de esquivar: la Gran Depresión de 1929, que aún tenía sus coletazos un año después.

El mundo venía de la explosión de consumo tras el final de la Primera Guerra Mundial y, de pronto, como por arte de magia, lo que parecía el paraíso capitalista se desplomó tal como si fuera un castillo de naipes colocado sobre una mesa en la playa.

El desarrollo textil, manufacturero e industrial; el consumo desenfrenado, la revolución productiva y tantas otras cosas que le dieron forma al capitalismo más salvaje pre Keynes, encontraron la horma del zapato y dejaron en claro que a la fiesta no estaba invitado un actor fundamental para regular a los mercados: el Estado.

La Gran Depresión comenzó en los Estados Unidos luego de la caída de la bolsa del 28 de octubre de 1929, un día recordado como el Martes Negro o El crack del 29.

Y la crisis devastó tanto como la pandemia de Covid que supimos padecer hace apenas un par de años. Los países ricos, los emergentes y los pobres padecieron el golpazo por igual, porque Nueva York se llevó puestas a los mercados bursátiles del resto del mundo.

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Se podría sintetizar el problema de manera sencilla, más allá de los innumerables estudios que se realizaron para explicarlo: el mundo producía a rolete, lo capitalistas se forraban de dinero e invertían sus ganancias en la bolsa; mientras las clases trabajadoras veían cómo sus salarios caían fruto de la prepotencia del mercado.

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Pero un día, y cuando pocos lo preveían, la bolsa de Nueva York quebró y las plazas se secaron de dinero contante y sonante para cumplir con las obligaciones y la gente (ricos, clase media y pobres) se quedó sin plata para comprar ni siquiera comida. El asunto era que todo estaba librado al mercado mientras que el Estado no cumplía ningún rol de árbitro entre los voraces capitales y los desprotegidos asalariados.

El comercio se derritió entre un 50 y 60 por ciento, cayeron las rentas, la recaudación impositiva y aumentó el desempleo hasta dejar al mundo con casi 30 por ciento de personas sin trabajo. En Estados Unidos la desocupación alcanzó al 25 por ciento y en otros países trepó incluso por encima del 35 por ciento.  

Cayó la construcción, cayó la industria pesada y la liviana, cayó el precio de las cosechas, cayeron los bancos, cayó la bolsa de comercio, cayeron las importaciones y exportaciones, cayó el sistema crediticio internacional y por lógica consecuencia, cayó el empleo y el consumo. Todo estaba patas para arriba. Y a río revuelto, ganancia de pescadores, ya que de esas crisis nacieron las derechas nacionalistas como el fascismo y el nazismo, que encontraron en esa masa de gente desesperada el germen necesario para impregnar sus extremas ideas demenciales. O sea, ni Hitler ni Mussolini nacieron de repollos; fueron los emergentes de años y años del recrudecimiento de la desigualdad y del reparto inequitativo de la riqueza.

Pero como todo tiene un comienzo, el día D fue el 28 de octubre de 1929, más allá de que cuatro días antes, el mercado ya había avisado que la cosa se podía pudrir. Se sabía que, en caso de estallar el globo bursátil, los daños no iban a ser sencillos de reparar. Habían sido años de desquicio en los que la cotización de las acciones subía y subía sin techo, generando una burbuja que dejó culo al norte a la inmensa mayoría de los inversores.

Los nuevos capitalistas que se enriquecían desde 1925 se toparon con la tentación de que invertir en la bolsa era una cosecha segura. Y esa locura generó urticaria en muchos niveles de la población estadounidense, incluso en los medios. Se imaginaban a un mundo en donde el dinero fluyera de las fuentes como el agua y en el que no habría límites para multiplicar las ganancias.

También se suponía que los grandes negocios podían realizarse con poco dinero y que las rentas de esas mini inversiones serían siderales. Era un capitalismo sin freno, sin control, sin nadie que le pusiera un límite. Todos creían ser una especie de Rey Midas que lo que tocaban lo convertían en oro.

La gente de distintas clases sociales compraba acciones de lo que fuera y la demanda las hizo subir hasta valores exorbitantes. Los precios de esas acciones surgían de la mera especulación, sin que ningún otro índice económico lo justificara.

Trataremos de explicar brevemente cómo fueron las operaciones que se llevaron puesta a la economía mundial en un solo día. Para que se entienda la magnitud de lo ocurrido: en 24 horas se evaporaron 50 mil millones de dólares que, dicho sea de paso, no eran los 50 mil millones de dólares de hoy, sino que en realidad eran mucho más. Lo que pasó fue que esos 50 mil millones de dólares en realidad nunca habían existido. No eran físicos. Eran títulos de acciones que estaban sobrevaloradas y que los inversores (grandes, medianos y pequeños) creían que era parte de su patrimonio. Error. Los billetes son billetes. Los papelitos de colores, por más que estén maquillados como acciones, son papelitos de colores.

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La operación (estafa) era tan sencilla que hasta puede dejar perplejos a aquellos (como quien escribe estas líneas) que jamás timbearon en la bolsa. La cuestión era así: una acción que valía 100 dólares –por decir un número redondo– se podía obtener con sólo poner 10 dólares físicos. Los otros 90 quedaban como deuda. Entonces, si la acción subía un 10 por ciento, el inversor no ganaba 1 dólar (lo que había invertido) sino 10 (lo que correspondía a los 10 dólares que efectivamente había puesto y a los 90 que debía), por lo que la rentabilidad no era del 10 por ciento sino del 100 por ciento.

¿Pero qué pasaba si la acción bajaba un 10 por ciento? El corredor de bolsa le pedía al inversor que cancelara por 100 dólares, es decir los 10 que ya había colocado y los 90 que debía. Y al contado. Si el accionista tenía espaldas, bancaba la parada. Pero si no las tenía, no sólo tenía que pagar los 100 dólares sino además debía vender las acciones que poseía por 100 dólares irreales y a pérdida. Y como era lógico, muy pocos podían afrontar esos pagos. Y todo por no hacerle caso al dicho que decía: “cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía”.

Ya el jueves 24 de octubre del 29 habían sonado las alarmas: las acciones bajaron de golpe y en horas perdieron las ganancias que se habían acumulado durante años. Ese día comenzaron las ventas masivas de acciones para cubrir deudas, por lo que todavía cayeron más ya que había una sobreoferta en el mercado. La pérdida inicial de 4 ó 5 puntos llegó a los 18 ó 19 puntos, lo que finalmente fue frenado por los agentes bursátiles y los bancos, quienes salieron a juntar capitales para adquirir acciones por más de 300 millones de dólares para secar el mercado y así frenar la caída. Sólo ese día, cambiaron de manos, según las crónicas de la época, casi 13 millones de acciones.

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Pero la tranquilidad duró cuatro días y el martes 28 de octubre todo se desplomó: 17 millones de acciones fueron vendidas en horas con pérdidas de entre el 40 y el 50 por ciento y la economía se fue al carajo. La Bolsa de Nueva York quebró y con ella los actores que sostenían la estructura financiera mundial, que fueron cayendo como piezas de un dominó hasta dejar sin un dólar al mercado y, por ende, a los sectores más desprotegidos.

Las economías mundiales, exceptuada la URSS por estar aislada del capitalismo, cayeron en bancarrota. El capitalismo moderno, como se definían sus actores en aquella época, dejó un tendal que tardó años en recomponerse. Recién en 1932 comenzó una leve mejoría, y todo gracias al respaldo de los Estados, que dejaron de ser bobos para transformarse en verdaderos reguladores de la economía. 

En medio de esa hecatombe, a la FIFA se le ocurrió organizar la 1ª Copa del Mundo en 1930. Y el país elegido fue Uruguay. Se jugó entre el 13 y el 30 de julio, es decir un torneo de apenas 17 días. Ya desde 1904, cuando se creó la FIFA, se había pensado en la necesidad de tener un Mundial para posicionar al fútbol, como ya lo venía siendo de hecho, como el deporte más importante a nivel global. Habían pasado 28 años de deliberaciones, pero el impulso final se obtuvo cuando el Comité Olímpico Internacional, que veía al fútbol como una amenaza, lo excluyó de la nómina para los Juegos Olímpicos de Ámsterdam del 32.

El principal asunto que dividía a la FIFA y al COI, como ocurrió durante décadas, fue el carácter amateur que el COI le quería dar a los JJ.OO. De hecho, en 1914, el COI planteó que el fútbol olímpico era un torneo mundial para aficionados, lo que dejaba afuera de la competencia a los mejores jugadores de la época.

Con todas estas cartas sobre la mesa, el 26 de mayo de 1928, la FIFA decidió cortarse sola y armar su propio torneo. Y la decisión, simbólicamente, se tomó en Ámsterdam, en donde se iban a disputar los próximos JJOO. La FIFA declaró por 25 votos contra 5 que iba a tener su propio torneo, al margen del COI, con jugadores amateurs y profesionales, como para dejar muy clara su postura y las diferencias.

Todo avanzaba dentro de lo planeado, pero había un condicionante externo que la FIFA no había tenido en cuenta en 1928; la Gran Depresión. Y entonces ocho semanas antes de comenzar el Mundial no había ni un solo seleccionado europeo inscripto para disputar el torneo. Dos meses antes, los únicos anotados eran Uruguay, Argentina, Chile, México, Paraguay, Brasil, Bolivia y Perú. Y los europeos brillaban por su ausencia. El tan deseado mundial era en realidad una gran Copa de las Américas.

Alemania e Italia habían sido invitados, pero declinaron su participación porque Italia quería ser el primer anfitrión. Quedaban pocas opciones para conseguir adhesiones y finalmente cuatro países, por diferentes razones, aceptaron el convite. Ellos fueron Rumania, Bélgica, Francia y Yugoslavia. Los países africanos, asiáticos y de Oceanía, hasta ese momento, no estaban en los radares de los dirigentes.

Francia aceptó jugar porque el propio Jules Rimet, presidente de la FIFA, intercedió personalmente ante el presidente de la Tercera República, Gastón Doumergue, para que estuviera presente. Francia vino a Uruguay sin su principal figura, Manuel Antón y sin su entrenador principal, Gastón Barreau.

Rumania llegó por gestión del Rey Carlos II, que puso de su bolsillo la plata para el viaje y hasta eligió a los jugadores que debían participar. Poco antes de subirse al barco hubo un problema con la empresa inglesa petrolera que tenía conchabados a los futbolistas rumanos, a quienes amenazó con despedir en caso de que se fueran a Uruguay. Otra vez Carlos II fue quien intercedió para que los dejaran ir.

Bélgica se sumó porque Rudolf Seedrayers era vicepresidente de la FIFA y le rogó al Rey Alberto I que su país no estuviera ausente en esa primera cita. Y, por último, Yugoslavia aceptó la invitación porque otra vez Jules Rimet puso en juego sus amistades, esta vez con Alejandro I, el Rey de Yugoslavia. Como se ve, las monarquías fueron las que primero se sumaron a algo que entendían que, desde los simbólico, sería importante ser parte.

Bélgica, Francia y Rumania viajaron juntas en barco rumbo a América, mientras que Yugoslavia lo hizo por su cuenta. Las tres primeras partieron a bordo del buque italiano Conte Verde, que zarpó de Génova. Los jugadores se entrenaron en la cubierta durante los 15 días que duró la travesía. En ese barco también estaba Jules Rimet, quien llevaba con él el trofeo que se le iba a entregar al campeón. Es decir, al local, a Uruguay, que se quedó con la primera final ante Argentina por 4-2. Pero esa es otra historia.

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Escrito por Mariano Hamilton
NA - Buenos Aires, Argentina