Miércoles, 03 Marzo 2021 15:37
Por Néstor Espósito

Lourdes Di Natale, el silencio eterno de la que sabía demasiado

A 18 años de su misteriosa muerte, la investigación se orientó a un homicidio y no a un accidente, pero no halló a los culpables. Las denuncias sobre corrupción en el menemismo que el Poder Judicial descreyó, las acusaciones de “loca”, las amenazas y la reconstrucción que arrojó luz por un rato y sombras para siempre.

Lourdes Di Natale. Lourdes Di Natale.

La muerte de la ex funcionaria menemista Lourdes Di Natale, hace 18 años al caer misteriosamente desde una ventana de su departamento en el noveno piso de un edificio del barrio porteño de Palermo, es una más de las muestras de impunidad del Poder Judicial argentino.

Di Natale era secretaria privada de Emir Yoma, ex cuñado y asesor presidencial del por entonces presidente Carlos Menem y uno de los principales investigados por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia cuando ambos países tenía prohibida la compra de pertrechos militares.

La mujer conoció desde adentro los secretos del poder hasta que poco a poco, acaso empujada por una compleja situación personal y laboral, comenzó a alejarse de él. Y lo que sabía comenzó a pesarle, a tal punto que inició un raid mediático y judicial de denuncias conmocionantes sobre casos de presunta corrupción.

Según declaró una testigo en el expediente en el que se investigaron las causas de su muerte, el 17 de marzo de 1992 estaba en las oficinas de Yoma en la calle Florida cuando una compañera de trabajo le pidió que se acercara a una ventana. Segundos después, un hongo negro y espeso de humo se alzó en el horizonte: habían volado la Embajada de Israel. La sensación que tuvo fue que alguien sabía que eso iba a ocurrir.

A Lourdes Di Natale la hicieron pasar por loca y, tal vez, efectivamente estuvo a punto de enloquecer. Las descalificaciones que sufrió en público, sumado a que el juez Jorge Urso (fallecido semanas atrás en un accidente) desestimó todas sus denuncias, más la quita de la tenencia y el contacto con su pequeña hija -fruto de su relación con el abogado Mariano Cúneo Libarona – alteraron su ánimo y su espíritu.

Pero sabía de qué hablaba y relataba hechos, lugares, situaciones, circunstancias, nombres, con un nivel de precisión y detalles propios de alguien que había vivenciado todo lo que describía.

Poco antes de su muerte, una mano anónima dejó en la antesala de su departamento un libro de la escritora Nené D’Inzeo, con una página marcada. Se trataba de un poema, Espejismo de Mujer.

Arrastró su humanidad
Ya muerta
Hacia la ventana
(ha percibido el deslizarse en la locura.)
El pie roza la verde bautismal copa.
Es decidirse y caminar hacia abajo
... Si... no
Quiebra en temblores el paso.
Se adelanta
Colchón de nubes, emerge.
Abismal silencio.
Calma de calmas.
(Ha escuchado los réquiems y enjugado culpas.)
Baldosas grises estampan su rubí.
Carne, sangre, huesos.
Un estertor de amor, pinta indulgencias.
El espíritu avala el último aleteo
Y baja comprensivo la persiana.
No te enamores de mí.
Sólo soy un fantasma.

El 3 de marzo de 2003, cerca de las 21, el cuerpo de Lourdes Di Natale yacía sin vida en un patio interno del edificio situado en la calle Mansilla 2.431, de la Capital Federal. La página marcada de aquel libro fue profética: murió tal cual la descripción, aunque con menos poesía.

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La hipótesis oficial, desde el inicio, indicó que había caído accidentalmente cuando intentaba, sentada sobre el borde de una ventana sin rejas, cortar una conexión de TV por cable, en una conducta habitualmente hostil para con sus vecinos.

Sin embargo, para cortar ese cable Lourdes Di Natale debía haber tenido un brazo con una extensión de dos metros y una capacidad de torsión como para girar en ángulo de 90 grados. Desde la ventana por la que cayó, el cable no se veía.

Pero además, junto al cadáver apareció un cuchillo de cocina, el único elemento cortante hallado en esas circunstancias. Los peritajes demostraron que el cable no había sido cortado con ese cuchillo.

El departamento en el que vivía estaba revuelto y en un desorden propio de una búsqueda desordenada de algo. Pero para la investigación, esa situación obedecía a que Lourdes Di Natale era descuidada, sucia y desprolija.

El 15 de marzo de 2006, la jueza Fabiana Palmaghini -quien asumió como subrogante mientras el juez titular, Ricardo Farías, estaba en un tribunal oral federal en un juicio por delitos de lesa humanidad – ordenó la reconstrucción de los hechos, con un muñeco de peso y talla similares a los de Di Natale.

Las dos primeras pruebas fracasaron: el simulador cayó en lugares incompatibles con el hallazgo del cadáver. Fue entonces que el perito de parte Alberto Brailovsky (ya fallecido), sugirió que tomaran al muñeco entre dos personas y lo arrojaran con la cabeza por delante al vacío. Todos los presentes contuvieron la respiración cuando comprobaron que había caído en la posición exacta en la que fue encontrado el cadáver.

Jamás nadie explicó por qué el cuerpo de Lourdes Di Natale tenía 3,15 gramos de alcohol por litro de sangre. Fumaba mucho, pero no bebía. Pero aún cuando lo hubiera hecho en esa ocasión, una mujer que medía poco más de 1,50 metros y estaba extremadamente delgada cuando murió, debió haber estado completamente borracha y no habría podido siquiera mantenerte en pie; mucho menos, manipular un cuchillo para colgarse de una ventana a cortar un cable. Y aunque pese a todo lo hubiera hecho, no habría tenido fuerza ni motricidad fina para concretar el corte.

Para cuando la causa se orientó a buscar al (o los) asesinos ya había pasado demasiado tiempo.

La hija de Lourdes Di Natale creció y declaró ante el juez (ya había regresado Farías) que consideraba que a su madre la habían matado. Pero nunca hubo culpables. El expediente finalmente fue archivado a finales de 2017, sin una explicación concreta, veraz y coherente sobre lo que ocurrió.

 

Escrito por Néstor Espósito
Buenos Aires, NA