No soy muy original, pero sí franco, si digo que los argentinos estamos atravesando momentos muy difíciles. Y estoy seguro de ser exacto si afirmo que la unidad nacional es imprescindible para superar las actuales circunstancias.

El recrudecimiento de la pandemia no solo implica un doloroso embate en el frente sanitario, sino que también impone una mayor presión sobre una economía y una sociedad agobiadas por una crisis que ya lleva tres años y un estancamiento de casi diez.

Diversas variables socioeconómicas, como los deprimidos niveles de actividad de numerosas empresas, la inflación sostenida, la escasa creación de empleo, y las infaustas cifras de pobreza que se conocieron semanas atrás, lo dejan en completa evidencia.

Estoy convencido de que la crispación y los enfrentamientos estériles entre los distintos sectores políticos, sociales y económicos en nada colaboran para paliar este delicado escenario y, por el contrario, contribuyen a agravarlo.

La sociedad en general y los líderes en particular debemos actuar con el compromiso y la prudencia que la hora presente demanda. Esto en modo alguno significa promover una uniformidad de criterios que anule los saludables disensos propios de la vida democrática, ni condenar la legítima persecución del propio interés.

No deben negarse ni rechazarse las lógicas tensiones existentes entre los diversos grupos, como las que pueden surgir entre trabajadores y empresarios en el marco de una negociación paritaria; o entre oficialismo y oposición en una contienda electoral.

Pero sí abogarse por que los agravios y los ataques personales sean dejados de lado y reemplazados por la búsqueda de coincidencias básicas; y por que el obrar responsable prime por sobre el ventajismo mezquino.

La limitación de la pandemia y la contención de sus efectos adversos sobre la actividad económica y otras esferas de la vida social deben ser la prioridad de todos.

Asimismo, debe evitarse repetir errores del pasado, como ser las políticas que bajo la apariencia de atractivos atajos más pronto que tarde nos llevan al fracaso.

Sin desconocer la importante y muy valiosa asistencia que el Gobierno brindó a las empresas desde que el coronavirus hizo su irrupción –contribuyendo así a compensar las consecuencias de la pandemia y las restricciones asociadas– debemos advertir que en los últimos meses se adoptaron medidas que no son favorables al clima de negocios que debemos recrear.

Los múltiples congelamientos y controles de precios perjudican severamente la rentabilidad de muchas firmas, amenazando su viabilidad y desalentando la concreción de nuevas inversiones.

No se niega que la inflación sea un problema de primer orden, pero debe advertirse que las causas de este mal son de origen macroeconómico y, como tal, su solución exige medidas en el frente fiscal y monetario, y no permanentes inspecciones a los comerciantes.

A la vez, los nuevos esquemas de monitoreo de la operatoria interna de las empresas, a la par que generan incertidumbre implican una mayor carga burocrática para las compañías, ya perjudicadas por la debilidad de la demanda y problemas estructurales de larga data, como la elevada presión impositiva.

En un escenario tan duro como el actual no podemos permitirnos recaer en viejas equivocaciones intervencionistas. Criticar estas medidas en modo alguno implica proponer un laissez faire absoluto.

El Estado tiene reservado un rol fundamental en materia de regulación de la vida económica. Pero la bienvenida presencia estatal no debe confundirse con asfixia de la iniciativa privada.

Las posturas anti empresarias arraigadas en diversos sectores de nuestra sociedad deben ser dejadas de lado. Todos los actores de la vida nacional podemos y debemos contribuir al objetivo común de superar las severas dificultades actuales.

Gobiernos de los distintos niveles, trabajadores, empresarios, academia y sociedad civil en general somos capaces de hacer nuestro aporte, no solo con nuestro accionar cotidiano, sino también colaborando con el diseño e implementación de políticas públicas consensuadas, capaces de lidiar con los grandes desafíos que enfrentamos.

En este sentido, reivindico la función del empresariado, a menudo ignorado o, incluso peor, descalificado, a pesar de ser un protagonista insustituible de la generación de valor y la creación de empleo.

La labor de los empresarios no solo es condición necesaria para sortear la crisis en curso, sino que es imprescindible para avanzar hacia el desarrollo al que los argentinos aspiramos. Los hombres y mujeres de empresa podemos y queremos ejercer ese rol.

Desde mi posición de presidente de una de las principales entidades gremiales empresarias de la Argentina, humildemente hago un llamado a dejar de lado peleas y prejuicios que no solo no ayudan, sino que empeoran nuestros problemas.

Ya es hora de que hagamos una gran concertación para, entre todos, superar esta situación de crisis, respetando el valor de cada uno de los actores de la vida nacional.

La unidad de los argentinos es siempre bienvenida, pero se vuelve particularmente necesaria en momentos harto difíciles como los que actualmente atravesamos.

Es urgente que avancemos en esa dirección, pues no podemos darnos el lujo de seguir esperando. Nuestro presente y, sobre todo, nuestro futuro dependen de ello.