En 1991, el director argentino Luis Puenzo pensó que la pesadumbre que solía transmitir el rostro del actor estadounidense William Hurt podía resultar fundamental para el protagónico de su película La Peste, una adaptación de la famosa novela del argelino Albert Camus filmada en una época oscura, en una ciudad arrasada.  

Para la lógica del director, que había ganado en 1986 el Oscar a la Mejor Película Extranjera por La historia oficial, la metáfora que incluía aquella historia de desolación ya no era una alusión a la peste del nazismo, como en la obra original de 1946, sino una denuncia de lo que ocurriría con la sociedad argentina si los planes neoliberales de Carlos Menem terminaban triunfando.

 Lo que Puenzo, actual presidente del Instituto Nacional de Ciencias Audiovisuales de la Argentina, no podía saber cuándo consiguió el actor para interpretar al Doctor Rieux es que estaba metiéndose en un problema de proporciones: una parte del cerebro de Hurt, la más autodestructiva de todas, estaba en efervescencia en aquel momento, y lo convertía a veces en inmanejable.

Los turbulentos días en la Argentina menemista de William Hurt, protagonizando La Peste

Este enorme actor estadounidense, que murió el domingo por la noche en su casa en Oregon, tras haber sufrido desde 2018 de un cáncer de próstata que se volvió terminal hace pocos meses, luchaba en vano por entonces para controlar su adicción al exceso de alcohol y estimulantes, y no eran los rodajes la mejor garantía de que podía comandarse a sí mismo.

Hurt, que medía 1.90 y sonreía muy poco en la vida real, llegó a Buenos Aires en agosto de 1991 con un séquito importante: su esposa Heidi Henderson, sus dos hijos y un perro, pero dos semanas más tarde la familia lo dejó, y en pocos días inició un romance con otras de las figuras de aquella coproducción argentino-británica-francesa la actriz Sandrine Bonnaire, con la que tendría luego una hija.

Pero ese romance, que puso obvio final a su segundo matrimonio, no parecía calmarlo: los incidentes fueron una constante en las semanas de rodaje porteño, en que golpeó a asistentes por motivos diversos, patoteó a periodistas que intentaban retratar esos arrebatos –a un par los corrió cuatro cuadras por Avenida la 9 de Julio- y se comportó como si se tratara de un chico mal criado.

La producción le propuso concretar algunas entrevistas para ayudar en la tarea de conseguir y cobrar fondos, y Hurt aceptó a regañadientes: quiso hablar con el diario Página/12, que estaba en una etapa de explosión, pero sólo si lo entrevistaba su director, Jorge Lanata, y la nota aparecía en la tapa de un domingo.

En su libro Babilonia gaucha, un compendio de anécdotas e historias en grandes rodajes en la Argentina, el periodista Diego Curubeto recuerda que Hurt le clavó unos vidrios en la mano a una asistente que había descuidado limpiar una calle empedrada por la cual su flamante novia francesa debía caminar descalza, en una escena en La Boca.

Además, como una estrella de rock pasada de todo, destrozó su caro motor home de rodaje, que estaría asegurado, porque la parecía que estaba inclinado, y se enojó hasta el paroxismo cuando en otro momento le sirvieron alcohol real en una copa mientras él vociferaba que era un adicto en recuperación al que no podía tentárselo así.

Aunque al cuidado del equipo de trabajo evitó que la mayoría de estas historias trascendiesen en aquellos turbulentos días de rodaje, en el mundillo del cine circulaba un chascarrillo que decía que viéndolo cuando se enojaba quedaba claro porque el realizador Ken Russell lo había elegido para el protagónico de Estados alterados.

Esa película, de 1980, en la que Hurt interpretaba a un profesor universitario de psicología que alteraba su psiquis con el consumo de alucinógenos. fue el prólogo de una carrera notable, que lo consolidó como uno de los grandes astros de la década, con grandes actuaciones en películas importantes como Cuerpos calientes, Te amaré en silencio o Detrás de las noticias. 

En el centro de esa época de su forzado esplendor, ganó el Oscar a Mejor Actor por un protagónico muy relacionado con la Argentina: la adaptación que el director Héctor Babenco hizo para Hollywood de la polémica novela de Manuel Puig llamada El beso de la mujer araña.

Los turbulentos días en la Argentina menemista de William Hurt, protagonizando La Peste

En la historia, basada en hechos reales aunque bastante teatrales, pero de un grado importante de audacia para la época –tanto Babenco como Puig eran argentinos exiliados- Hurt le daba vida y carácter a un homosexual obligado a compartir una sórdida celda de una prisión brasileña con un militante político de izquierda.

Hurt interpretó de manera notable a ese hombre amanerado casi qué contradiciendo su formación, ya que en general era un actor muy de la lógica del cine, que se lucía en los personajes contenidos, reservados, que componía sin impostaciones, más bien con un proceso personal previo de indagación en la psiquis.

Este hombre conflictuado, que se definía como "un idiota blanco, anglosajón y protestante”, era hijo de un funcionario del Departamento de Estado y de una madre que trabajaba para la empresa que editaba la revista Time, cuando empezó a sufrir algunos trastornos de personalidad que lo llevaron a diversos tratamientos psiquiátricos y se morigeraron al empezar a estudiar teatro.

Eso pasó después de qué tras el divorcio con el funcionario, su madre se casase con un multimillonario que había comprado el emporio periodístico Time-Life, la familia se instalase en Nueva York, y él se viese poseído durante algunos años por una vocación religiosa, que lo llevó a estudiar teología, como parte de una búsqueda incesante del sentido de su vida.

Tal vez el personaje que compuso para Un tropiezo llamado amor, de su amigo Lawrence Kasdan, sirva para representar una parte importante de su psiquis: interpreta a un escritor de guías para visitar ciudades que no tiene modo alguno de enderezar su triste existencia, presidida por un aburrido matrimonio, salvo que se equivoque y conozca a la persona más inesperada.

Los hechos de 1991 en Buenos Aires preludiaron un proceso que se dio desde entonces para acentuarse en el siglo XXI: pasó de la condición de astro de películas de gran presupuesto a ser un actor respetable, que elegía concienzudamente sus papeles, filmaba poco e intentaba hablar lo menos posible con los periodistas.

Ya no quería protagónicos, pero en diez minutos –la composición del hermano mafioso del pobre de Viggo Mortensen en la notable Una historia violenta de David Cronenberg- podía dar una clase de actuación, como ocurría cuando condescendía a cobrar para interpretar personajes en series o películas de acción destinadas al público que ve films consumiendo pochoclo.

Después de haber vivido en Francia como una consecuencia del romance que estalló en la convulsionada argentina del menemismo, Hurt se hundió en la vida en su lugar en el mundo, Portland, donde le gustaba interactuar con personas muy diferentes a su estilo, sobre todo campesinos sin tantas preguntas existenciales.

"No puedo decir que esté totalmente a gusto aquí, pero quizá sea mejor afrontar lo que se pueda en casa”, explicó en una entrevista que concedió al diario inglés The Guardian, desde el mismo lugar en que murió el domingo. “En cualquier caso, el mundo es cada vez más pequeño. ¿Adónde vas a escapar?".