Miércoles, 17 Junio 2020 21:00

"Los bodegones", de Clara Peeters

A principios del Siglo XVII Clara Peeters se autorretrataba en las superficies reflectantes de los objetos, así logró exhibirse, resaltar el ilusionismo de la pintura y trabajar como artista en un mundo de orden masculino.

"Los bodegones", de Clara Peeters

Por Gisela A. Asmundo

Aproximación a la obra:

En esta composición Clara Peeters tuvo la intención de manejar de manera equilibrada dos principios, por un lado que la disposición de los objetos sobre la mesa parecieran ordenados de una manera aleatoria y por otro que la escena se exhibiese lo mas real posible. También puede observarse que ha trabajado con esmero para que la composición tenga una vista clara y frontal de los objetos.

Este tipo de composición híbrida era normal para la época, y tiene su origen en los dibujos científicos que se hacían para catalogar los descubrimientos de la naturaleza. Por lo tanto nos encontramos ante una obra de arte con ciertos aspectos de rasgos descriptivos de la ciencia. Esta combinación paradójica es heredada de artistas de finales del siglo XVI como Joris Hoefnagel (1542-1601).

Las flores de esta obra también nos recuerdan a la relación de los bodegones con las ilustraciones científicas. En Amberes a finales de 1550 los grabados de animales y plantas con intención didáctica ya eran una especialidad.

El narciso que corona el ramo de este cuadro es similar a una de las flores de un grabado de Adriaen Collaert realizado en la década de 1580; es posible que Peeters basara su flor en esta imagen.

También al observar los diminutos autorretratos de la artista que aparecen en las superficies reflectantes de los metales y vidrios de las jarras y copas, nos damos cuenta que ella claramente tuvo ganas de mostrarse. Lo hizo discretamente sabiendo el papel que la sociedad le asignaba, pero su intención fue que la veamos, y eso es lo que hacemos al observar detenidamente las obras.

La copa dorada y la jarra de peltre se pueden ver en otras obras de la artista también.

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Los pequeños autorretratos sobre las superficies espejadas, tres veces en la copa y cuatro en la jarra.

Los pequeños autorretratos sobre las superficies espejadas, tres veces en la copa y cuatro en la jarra.

La copa de vidrio a la veneciana (conocido como façon de Venise) del fondo es del tipo que los sopladores de vidrio italianos fabricaban en Amberes por aquella época. El vino tinto era importado de España, Francia o Italia.

En este cuadro vemos frutas secas junto con almendras y barritas de azúcar en un frutero grande bianchi di Faenza, un tipo de loza fabricada en Faenza a finales del siglo XVI y principios del XVII. Curiosamente, existen cuencos muy similares en un bodegón de Juan van der Hamen (1596-1631) pintado en España, y en otro de Roelof Koets (h. 1592/93-1654), pintado probablemente en Haarlem.

En el plato de peltre y a su alrededor vemos rosquillas, pretzels y barritas de azúcar. Uno de los pretzels con forma de anillo o lazo (en los Países Bajos se conocían como krakelingen) ha sido mordido.

Se ha afirmado que este bodegón representa el tema de la vanitas de forma implícita, pues el vino, las flores y los autorretratos pueden aludir a la fragilidad de la vida.

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Clara Peeters:

Con respecto a Clara Peeters no se sabe mucho sobre ella. Toda la información que se tiene de ella parte de sus cuadros. Su lugar de nacimiento no esta documentado pero ciertas pistas nos llevan a pensar que nació en Amberes de donde provenía su trabajo artístico. Un cuadro de una colección de Amsterdam aparece descrito en un documento de 1635 como: "banquete de dulces pintado en 1608 por una mujer, Claer Pieters, de Amberes". Al menos seis de los soportes que empleó para sus cuadros tienen marcas que indican que proceden de esa ciudad. Los soportes de madera y cobre de Amberes a veces se empleaban en otros lugares, pero no era lo habitual. Finalmente, seis de sus cuadros conocidos incluyen un mismo cuchillo de plata en el que aparece inscrito su nombre. En la hoja de, al menos, tres de esos cuchillos se puede ver una marca de la ciudad de Amberes.

Son treinta y nueve cuadros los que llevan la firma de la artista o una inscripción con su nombre; y son pocas las obras que pueden atribuírsele con certeza. Posiblemente muchos de sus cuadros se han perdido.

Nadie se había ocupado de perfilar su obra y su biografía, la exposición que realizó el Museo del Prado en el 2016 tuvo como parte de sus objetivos dar un puntapié a las nuevas investigaciones.

Lo que conocemos es que su primer cuadro es de 1607, y se puede apreciar que todavía era una persona que estaba aprendiendo. Es por aquella época muy joven, quizás tendría unos 17 años aproximadamente. El último de los cuadros que se conoce es de 1621 y esta firmado.

Clara Peeters pintaba para gente de alta alcurnia, de poder adquisitivo elevado porque de los seis cuadros documentados en colecciones en el siglo XVII que se conocen, cuatro están en Madrid, dos en la colección real de Felipe IV en 1666 y dos en la colección del marqués de Leganés. A quien Rubens casi contemporáneo de Clara Peeters llamó uno de los grandes coleccionistas de su época. Este marqués de Leganés en 1637 tuvo dos cuadros de Clara Peeters en su colección de Madrid.

La artista se dedicó a pintar Bodegones y seguramente lo hizo por verse limitada a causa de las restricciones. Para las pinturas mitológicas debían estudiar modelos humanos desnudos y eso no les estaba permitido a las mujeres. Por ejemplo artistas que estaban pintando en su mismo tiempo como Rubens y Van Dyck se les conocen bastantes dibujos de estudios de modelos en vivo.

El género del bodegón era considerado algo menor a los otros pero desde hace ciento cincuenta años ha cambiado esa apreciación y ahora es de especial importancia.

La manera como pintó Clara Peeters fue bastante novedosa, como también lo fue la manera de Caravaggio que era un poco más grande que ella. Tanto Caravaggio como ésta artista pintaron bodegones realistas, objetos tomados de lo cotidiano. Con esto nos han sugerido que la razón de la pintura no solo ha sido para alcanzar un lugar más elevado. Para el idealismo del Renacimiento y del Barroco pintar lo que los rodeaba era algo absurdo. Esto va ir cambiando al final del Siglo XVI y Clara Peeters fue parte de las primeras generaciones que propiciaron ese cambio.

Cuando se estudia bodegones hay que tener en cuenta la genealogía del naturalismo y del realismo y por otro lado la importancia del simbolismo de algunos de los cuadros. En estos mismos casi siempre existe un mensaje que develar.

En el siglo XVII y XVIII los escritos e inventarios no se ocupaban de narrar el aspecto simbólico de estas pinturas, lo hacían en ciertas ocasiones como es el caso de "Los Cinco Sentidos" de Jan Brueghel.

Al analizar estas obras lo que nos enseñan más que nada es la apreciación que tenían los contemporáneos de la época sobre estos objetos materiales que se exhiben en la pintura.

Al hacer un estudio sobre los cuadros de Clara Peeters se extrae en parte la cultura material de su tiempo. Cuando vemos pintada sobre una tabla una obra con el sello del gremio de madereros que está puesto por detrás y que pertenece a una colección importante en España del siglo XVII, se entiende que ese cuadro se exportó de Amberes como objeto de lujo.

El primer bodegón de pescados que se pintó en el arte, lo hizo esta artista. Para la cultura del siglo XVII el pescado era una comida de días de ayuno, hasta tres días en la semana de media. Estos pescados representados son de agua dulce y no salada porque los de mar se guardaban en salazón, no se comían frescos y tampoco se valoraban tanto excepto el arenque. Las crónicas de viajeros españoles narran que en los países bajos de los Habsburgo del sur en Flandes, en la ciudad de Amberes al final del siglo XVI era algo maravilloso de ver como los pescados en los mercados e inclusos en las cocinas estaban vivos dentro de barriles. Eran peces de agua dulce que se vendían vivos. En el bodegón de Clara Peeters los pescados son frescos y por lo tanto eran especialmente valorados.

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Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas, 1611. Óleo sobre tabla, 50 x 72 cm.

Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas, 1611. Óleo sobre tabla, 50 x 72 cm.

Otras de las cosas muy apreciadas era la sal que servía para conservar la comida y también porque había poca sal en el mundo, no existían métodos de extracción industrial hasta el siglo XIX. La sal que provenía de diferentes lugares como la Península de Tróia en Portugal, las Salinas de Ibiza, de Creta, o de unas Salinas que hay al sur de Burdeos. Y también de minas como en la ciudad de Salzburgo. La sal se valoraba muchísimo por eso la palabra salario procede de sal. En las mesas se mostraba en saleros de plata que eran verdaderas obras de arte.

El cuchillo demostraba el estatus de quien lo llevaba cuando acudía a un banquete porque debían llevar los cubiertos, estos no eran puestos por el anfitrión. Los cuchillos repujados también se utilizaban como regalos de boda, es posible que los que pintó Clara Peeters sean ese tipo de cuchillos.

Si alguien arribaba a la mesa sabía cual era la persona principal por su vestimenta y por donde estaba ubicado el salero. También se puede distinguir el gusto de la época por la ostentación de su vajilla como se puede apreciar en la obra que sigue. Sobre la mesa se dispone una copa roemer, un plato de porcelana kraak con aceitunas es el mismo que Peeters incluyó en otros cuadros. En este caso y en algunas otras versiones, el color azul ha desaparecido debido al pigmento de base de cobalto empleado y a la fina capa de pintura. La jarra de color claro, que está en segundo plano, es un tipo de loza que se hacía en Siegburg, en la región del Rhin de Alemania Occidental. El mantel de damasco de lino era un tipo que se exportaba desde Flandes al resto de Europa, y habla de un hogar rico y pulcro. El pastel y el faisán sobre el plato de peltre eran comidas típicas.

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Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas, 1611, óleo sobre tabla, Museo del Prado.

Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas, 1611, óleo sobre tabla, Museo del Prado.

En los siglos XVI y XVII el campo artístico era un territorio dominado por los hombres, las academias, los talleres y gremios del arte eran espacios ocupados por los mismos. Para una mujer poder acceder a tomar clases de dibujo con modelos en vivo y estudiar la anatomía era imposible.

Las sociedades europeas de ese momento y sobre todos las clases nobles y aristocráticas poseían valores conservadores de moral y comportamiento social. En donde el lugar asignado a la mujer, era en su propio hogar.

Con esto no quiere decir que no hayan existido mujeres artistas, por su puesto que las hubo. Lo que compartían en común todas ellas es que en su mayoría eran hijas o hermanas de pintores o escultores, por lo tanto podían acceder al taller de estos artistas. Aprendían el oficio de ver trabajar, colaboraban en las terminaciones o en la ejecución total de las obras, dependiendo de su calidad artística.

Ver más: Sofonisba Anguissola, una mujer fascinante: esta vez la genialidad tuvo rostro de mujer

La historia del arte las ha obviado en su mención y reconocimiento.

Una guía ilustrada de Linda Nochlin "¿Por qué no ha habido grandes artistas femeninas?" publicada por primera vez en ARTnews en 1971, el ensayo de Nochlin se considera una de las primeras obras importantes de la historia del arte feminista.

En las últimas décadas se empezó a investigar y descubrir que algunos trabajos pictóricos atribuidos erróneamente a artistas hombres, eran en realidad de autoría femenina. Como fue el caso de Sofonisba Anguissola. Esto pudo suceder porque muchas de estas mujeres no firmaban sus obras y al trabajar dentro de un taller comandado por hombres eran estos los que las firmaban.

Pareciera ser que se está atravesando en el campo del arte y otras esferas de poder un revisionamiento del pasado, para tratar de ser más equilibrados.

Es justo que estas artistas salgan del anonimato para también formar parte de la historia de arte.

Como sostuvo una vez Heráclito, "Todo fluye, nada permanece...".

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Escrito por
Buenos Aires, NA