Lunes, 21 Junio 2021 13:32
Por Carlos Polimeni

La hermosa historia del cantor de barrio que, al final de una vida sufrida, logró sus diez minutos de fama

Enfermo de hemofilia desde la niñez, Luis Cardei, que murió en junio de 2000, a los 55 años, consiguió su reconocimiento definitivo cuando jugaba tiempo de descuento.

Luis Cardei. Luis Cardei. NA.

La historia parece sacada de una fábula; a los 50 años, luego de décadas de portar una enfermedad incurable, un cantor de tangos fue “descubierto” por la intelectualidad de paladar fino, logró un suceso de proporciones, y en la cresta de la ola le llegó el momento de hacer mutis por el foro, al fin y al cabo satisfecho con su duro destino.

Hace veintiún años, en una Argentina que ardía de conflictos que estallarían un poco más adelante durante un gobierno lleno de ineptitudes, el cantor de tangos viejos Luis Cardei moría durante una internación, luego de haberse contagiado de hepatitis C durante una de las transfusiones de sangre a las que estaba obligado, ya que era hemofílico.

En los últimos seis años habían pasado en su derredor, sin que él cambiara demasiado, una sucesión de hechos vertiginosos, que lo llevaron de un boliche de Parque Patricios, en donde había cantado 13 años para los parroquianos de siempre, a que se le abrieran las puertas de dos de los grandes reductos de la buena música en los 90, el Club del Vino y el Foro Ghandi.

En ese final soñado de una vida durísima, grabó tres discos, fue convocado por el director Pino Solanas para cantar en la película “La Nube”, imantó a intelectuales, periodistas y una brigada de jóvenes nuevos valores del género, y el diario francés Le Monde lo definió como “Le boiteaux fascinant”, es decir "El rengo fascinante", narrando su sorpresivo ascenso a la celebridad tanguera cuando estaba ya mucho más cerca del arpa que de la guitarra.

Luisito, como le llamaban todos, no podía caminar ni permanecer parado demasiado tiempo ya que la enfermedad que le descubrieron a los 8 años le había generado una discapacidad en las piernas, una vida entera de tratamientos, operaciones, yesos y calmantes, en un tratamiento permanente y doloroso, que su buen talante en público y su encantadora charla le hacían olvidar a medio mundo.

“A los ocho años dejé de caminar”, le contó a María Maratea, que primero fue su jefa de prensa y luego su pareja. “Me golpeaba las piernas jugando a la pelota y de tenerlas quietas tanto tiempo para que se me fueran los derrames ya no las podía estirar. Estuve enyesado hasta los trece, y después me las fueron estirando de a poquito. Por eso camino así.”

“Cuando te golpeás, a vos los hematomas se te curan enseguida porque tu coagulación es normal”, le explicó. “Los hemofílicos tenemos una deficiencia en la coagulación. En nosotros la sangre no coagula, sigue saliendo, se acumula adentro de la articulación y la desgasta, porque la sangre, por el hierro, es corrosiva y daña también al músculo.”

Al culminar el siglo XX e iniciarse el XXI, en un país Cambalache, lo que parecía imantar a un público nuevo, joven, no necesariamente seguidor del tango, era que aquel cantor de cantinas, boliches y cabarets traía consigo en su desembarco en “las luces del centro” un aliento a pasado auténtico, una evocación autorizada de un repertorio y de una forma de vida ligadas a un momento épico para el género, los años 20 y 30.

“Su nombre me llegó con el aura de la leyenda”, evocaría el escritor santafesino Manuel Adet. “Se decía que en Buenos Aires había aparecido un cantor de tangos que daba gusto escuchar; se decía que cantaba en las cantinas y en los comedores como antes había cantado en los cabarets de segunda categoría; se decía que estaba enfermo y la enfermedad hacía más seductora la leyenda; se decía que Tomás Eloy Martínez había escrito una novela inspirado en su historia”.

“La primera persona que me habló de él fue Juani Saer”, siguió. “Era raro. Un escritor que vivía en Francia me presentaba a un flamante cantor de tangos. Cuando supe cómo había llegado a la fama comprendí por qué la primicia me la dio un escritor vinculado con ciertos intelectuales de Buenos Aires. Cardei fue un “invento”, en el mejor sentido de la palabra de intelectuales de la librería Gandhi y de la fauna que a mediados de la década del noventa merodeaba por esos sitios”.

“Era tan añejo que fue lo nuevo en la posmodernidad”, apunta al evocarlo ahora, mirando hacia los complejos 90, el artista plástico Horacio Cacciabue. “Era dueño de la complejidad de lo simple, porque Luisito no era un cantor sino el tango mismo”, agrega antes de recordar que patentó un estilo intimista, casi susurrado, de énfasis siempre recoleto, rompiendo con una larga hilera de estereotipos instalados como para siempre en el oficio de cantor de tangos.

“Con su perfil de gnomo tierno y travieso y sus gestos de “yo no fui”, aparece el cantor por excelencia, que habla naturalmente, arrabalero, ni sobrador ni canchero, el tanguero auténtico que ha terminado con las poses (de la cabeza, de las manos, de los pies abiertos), de los tics canoros de quienes practicaron gorjeos de tenorino o de los decadentes cantores llorones, y esa manía inveterada que es la prepotencia del vozarrón”, subraya.

Para el crítico Mariano del Mazo, “Cardei fue al tango lo que René Lavand al ilusionismo: practicaba un tipo de arte en estado de pureza, complementado por relatos alucinantes, tiernos, de ritmo moroso, como musicalizados por la chicharra de la siesta”, con el agregado de que “el humus de lo que contaba y cantaba era su propia infancia, los primos, la vereda, la radio, el carnaval”.

En la página de Solo Tango, Ricardo García Blaya, abundando en una polémica de época, sostiene que era “un pedacito de cantor pero una enormidad de ser humano” cuya virtud central resultaba transportar al público “al Buenos Aires de los patios con glicinas, del chirrido del viejo tranvía, de la bohemia del trocen, de las revistas del Maipo y El Nacional, de los primeros boletos en el hipódromo y de tantas otras cosas”.

Al final de su vida, cuando su cuerpo no daba más, le decía a Maratea: “Mirame. Soy Quasimodo. Casi no puedo moverme. No puedo estar parado ni cinco minutos para afeitarme. Son los remedios que me están dejando así. Me duele todo. Los hombros, la cadera, las rodillas. No puedo ni girar la cabeza para verte pasar. (…) No sé por qué te enamoraste de mí. Soy feo, no puedo caminar, estoy enfermo. Vení Esmeralda, vení. Sentate aquí y hablemos”.

Maratea, que publicó una entrañable biografía del cantor un año después de su muerte, narrando incluso el momento final, lleno de desgarro, lo recuerda como un hombre que había comprendido que le llegaba el momento del sueño eterno pero apreciaba aquello que había pasado en ese período mágico en que los planetas del destino se alinearon a su favor, como una especie de revancha que su modestia no había solicitado.

“Mis viejos pensaban que me iba a morir a los trece años. Pero mirá, tengo 55”, explicaba. “Crecí, fui a la escuela, tuve novias. Me casé y tuve un hijo. Levanté quiniela, tuve amores, canté. Salí en los diarios, en las revistas, en la televisión. Siempre fui respetado y querido. Viví. Me divertí. Disfruté cada día, de verdad (…) Y al final de mi vida me enamoré por primera vez. De una mujer como vos, que me ama como nunca nadie me amó. ¿Cómo no le voy a estar agradecido a la vida? ¿Qué más puede pedir un hombre? Pero así, no. Perdonáme mi amor, pero así no puedo seguir.”

Para el experto y exigente Julio Nudler, que destacaba “el seseo, la voz pequeña, una cadencia confidencial” el fenómeno de Cardei debía comprenderse asumiendo que “su oreja de pibe enfermo se construyó junto a la radio un mundo emocional como aquellos tangos y aquellos valses que contenían una historia completa, como “Traicionera” o “De puro guapo”, y se detuvo a recoger esas flores únicas, que pocos o ninguno volvió a oler, como “Tan sólo por verte” o “Uno y uno”.

Cardei, que conoció al bandoneonista Antonio Pisano, su fiel escudero, en los fondos de una funeraria en San Cristóbal, suponía que acaso lo que llamaba la atención de su estilo a esa altura de las cosas es que se había empeñado en tratar al tango con el cariño que se merecía ya qué para cantarlo bien, ironizaba, “no hace falta dar patadas en el piso, ni agacharse como si fueras a cabecear un córner".

En el fútbol abundan casos de jugadores de clubes chicos con hinchada propia, o que se convierten en mitos sin haber jugado nunca en las grandes ligas: en ese sentido Cardei fue un crack de barrio que llegó tarde al reparto de las camisetas de los grandes ídolos, aunque logró convertir, finalmente, algunos goles hermosos, que todavía emocionan a la grey sensible, de esos que hoy viven para siempre en youtube, de repetición en repetición.

  

Escrito por Noticias Argentinas
Buenos Aires, NA