Lunes, 22 Febrero 2021 07:38
Por Carlos Polimeni

"Creo que nunca hubiera dejado la carrera por un hombre, pero una vez en mi vida llegué a pensarlo"

En el capítulo 3 de su flamante libro “El día que Néstor llamó. Y otras crónicas” el autor de esta columna cuenta una historia personal con la gran actriz argentina Cipe Lincovsky, que murió en 2015.

"Creo que nunca hubiera dejado la carrera por un hombre, pero una vez en mi vida llegué a pensarlo"

Cipe Lincovsky me miró desde el escenario y disparó una orden, con el poder que le otorgaban unos ojos que despedían chispas y sus zapatos de taco aguja de 15 centímetros. “¡Dame la mano!”, exigió, sin pestañar, como si buscara hipnotizarme. Como ella estaba interpretando, en ese final de show la por entonces casi subversiva “Canción de caminantes”, de María Elena Walsh, permanecí quieto como una estatua, en una incómoda butaca de cuero de la primera fila de una sala de cine bastante en decadencia.

Pero Cipe siguió con la mirada clavada en mí, un metro arriba, dispuesta a encarar la escalera que la llevaba al pasillo central de la sala, con cinco escalones entre ella y la raída alfombra roja. “Dame la mano y vamos ya”, reiteró cantando, pero sin sacarme la vista de encima. El seguidor, un haz de luz blanquísima, se posó sobre nosotros y quedé sólo, con mi vergüenza, a merced de aquella mujer vestida como una vedette de teatro de revistas, con unas increíbles medias negras en red.

 Cipe tenía un poquito más de 50 años por entonces, pero la actitud de una dominatriz en su esplendor. “Dame la mano, flaco, y vamos ya”, tuvo que aclarar para que al fin yo entendiese que para descender necesitaba ayuda, y se la pedía al espectador más próximo. El del asiento 1 de la fila 1 de la platea baja de la vieja y olorosa sala del Cine Teatro Avenida, de Mendoza. El olor era a pis de gato, una especie de identidad en común de muchas salas argentinas que habían sabido de tiempos mejores.

  Admiraba muchísimo a esa mujer que a principio de los años ochenta se las arreglaba para hacer giras por el interior del país con un espectáculo musical que le permitía sortear las prohibiciones de una dictadura que estaba a punto de ingresar en terapia intensiva. Pero no estaba como fan en aquella desvencijada sala de la calle San Juan, entre Lavalle y Buenos Aires, sino por mi trabajo como periodista, cubriendo para el Diario Mendoza, en cuya sección Cultura y Espectáculos hacía mis pininos iniciales.

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Era la primera vez que la veía en vivo: mi admiración provenía, ante todo, de la escucha reiterada de dos discos: "Yo quiero decir algo...", editado por Music Hall, en 1971, y "De donde soy lo que soy", Trova, 1973. Le debía, y le debo a esa Cipe, el interés por los textos de Bertolt Brecht y Oliverio Girondo, entre otras cosas, como el afán por decir en voz alta -y para otros-- los autores que me conmueven. Su modo de decir “El Estado no tiene derecho a condenar a un hombre a ser policía toda la vida” está, desde entonces, en mi ADN cultural.

 En aquel momento, en la segunda parte de la dictadura, luego de la salida del poder de Videla-Massera-Agosti, los shows de los artistas en la condición de Cipe no se promocionaban en televisión ni en radio, pero una vez comenzados tenían una dinámica interna en que lo político empezaba a aflorar de a poco. La canción de María Elena, en ese contexto, era un alarido: “Porque el camino es árido y desalienta/Porque tenemos miedo de andar a tientas/Porque esperando a solas poco se alcanza/Valen más dos temores que una esperanza/Dame la mano y vamos ya,/dame la mano y vamos ya./Si por delicadeza perdí mi vida/Quiero ganar la tuya por decidida./Porque el silencio es cruel peligroso el viaje/ Yo te doy mi canción tú me das coraje./Dame la mano y vamos ya/ dame la mano y vamos ya./Animo nos daremos a cada paso/Animo compartiendo la sed y el vaso/Animo que aunque hallamos envejecido/Siempre el dolor parece recién nacido./ Dame la mano y vamos ya/dame la mano y vamos ya./Porque la vida es poca la muerte mucha/Porque no hay guerra pero sigue la lucha/Siempre nos separaron los que dominan/Pero sabemos que hoy eso se termina/Dame la mano y vamos ya,/dame la mano y vamos ya”.

    Cuando me paré con lentitud, acobardado, y le extendí la mano, Cipe cantaba por primera vez el estribillo, ante un teatro en que el público apenas ocupaba un treinta por ciento de la capacidad total. Eran los que se había enterado y, además, se habían animado. Todavía, a veces, los shows terminaban con un colectivo de culata en la puerta de los teatros y una sorpresiva visita de casi todos a la seccional más cercana. No debía ser fácil trabajar así, sabiendo que la taquilla era escasa y los peligros abundantes, para una actriz de una carrera excepcional, acostumbrada a los éxitos resonantes, las grandes marquesinas, los elogios en varios idiomas. Sin embargo, podía actuar en el país, lo que había resultado imposible en el lustro previo.

 La firmeza con que me la tomó, le permitió bajar el primer escalón y afirmarse en el segundo. Para cualquier persona descender utilizando escaleras en un teatro es un problema. Para una mujer con zapatos altos es un problemón, y por eso siempre hay personas destinadas a ayudar. Pero aquella Cipe en gira apenas tenía una banda de tres músicos que la acompañaban como podían, a veces con un joven Claudio Morgado sentado al piano. Era inevitable que la ayuda viniese, entonces, del público. En el código del teatro, es una fija que los espectadores de la primera fila son los más cholulos, por lo cual debía resultar, en general, un halago que la estrella los hiciera cómplices. Pero yo no estaba allí por eso, sino porque era la ubicación que me habían asignado los empresarios cuando me acredité como periodista. Y era un joven que pensaba que el cronista debe ser testigo, no protagonista, de los hechos que narra. La situación se había vuelto casi que bochornosa para mí, que sentía ardor en los cachetes del rostro y deseos intensos de aprender alguna técnica de evaporación.

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  Cipe siguió cantando la segunda estrofa afirmada en mi mano derecha, palma con palma, mirando a la menguada asistencia, en un gran final, repleta de emoción. Entonó otra vez, el estribillo, mientras bajaba un peldaño más, siempre mirando hacia adelante. Entonces, mientras ella encaraba la tercera estrofa y descendía un paso más, intentando dar por terminada mi incómoda participación no deseada, resolví sentarme, seguro de que mi colaboración podía darse por concluida. Olvidé coordinar con la protagonista, que estaba concentrada en emocionar, y seguía aferrada a mi mano. El resultado fue qué al depositar mi peso masculino sobre la butaca, sin que Cipe se adviniese a soltarme la diestra, le pegué un tirón seco, que la hizo trastabillar, y caer de rodillas hacia adelante, sobre la alfombra, después de un corto vuelo, para nada armónico.

 Me asesinó con la mirada, instándome con gestos a que le ayudara a levantarse. La dominatriz se había convertida en una mujer caída, frente a un público con la boca abierta, Lo hice como pude, asustando como testigo falso. Terminó el tema en medio de una ovación, saludó con reverencias, y desapareció por un costado de la sala, agitada, y con las medias rotas a la altura de la rodilla. No volvió pese a los pedidos intensos de bises. Me escabullí como pude de la sala. Sonaba en mí cabeza la inútil canción del desconsuelo. El diario, lleno en sus puestos directivos de correiveidiles del poder de turno, no publicó la crítica entusiasta que escribí.

Unos 25 años largos después, en Mar del Plata, le pregunté si se acordaba de aquel bochorno en Mendoza. No la veía ya como aquella vez de los zapatos de 15 centímetros de taco, especie de simil argento de La Reina del Âcido interpretada por Tina Turner en la versión fílmica de “Tommy”, la ópera rock de The Who. La veía, por fin, como lo que era a esa altura, una famosa actriz septuagenaria empeñada aún en ser algo más que el recuerdo de otras generaciones. Esta vez, ella iba a ser homenajeada por el Festival Internacional de Cine y yo era el guionista a cargo de los textos de la ceremonia. “¡No hay forma de que me olvide!”, me contestó con su tono siempre dramático y actoral. “Uh, que problema”, le contesté, ya sin miedos. “Aquel pibe que la tiró era yo”. El cambio en su cara fue impresionante. No se enojó, sino que se tentó. Le dio mucha risa la situación.

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   Cuando se calmó, adoptó primero una actitud maternal y luego…volvió al personaje sexy. “¿Te puse muy nervioso, no?”, dijo con picardía, pese a sus 75 abriles. Hizo entonces varios mohines eróticos divertidos, increíbles para una dama en edad de abuela, mientras se enfriaba el té que habíamos pedido en el lobby del hotel en que nos alojábamos, por separado. “Los hombres jóvenes…siempre fueron mi debilidad”, agregó, como si sus apetitos fueran un asunto del presente. Estaba enferma y lo expresaba en voz baja y ronca, pero seguía ejerciendo el oficio de manejar todo lo posible la atención de sus interlocutores. Mucho tiempo después, pensé que tal vez había algo que yo ignoraba en aquella decisión de los empresarios de darme una butaca en la primera fila al lado del pasillo, aquella noche de 1981, a mil kilómetros de Buenos Aires. Mi tío Pepe Arverás, poeta y periodista, me había dicho lo mismo muchos años antes, porque conocía bien el paño.

En 2015, pocas semanas antes de dejar este mundo para siempre, demacrada y tensa, pero nunca vencida, Cipe participó de un momento más que simbólico para aquellos que en los años de plomo sufrieron censura y persecución. El entonces ministro de Defensa, Agustín Rossi, entregó a la Asociación Argentina de Actores los expedientes hasta entonces ocultos que demostraban la existencia de las “listas negras” de la dictadura. Muchos de los incluidos en 1976 en aquellas nóminas –que eran negadas mientras gobernaban los uniformes-- vieron así por única vez sus propios nombres en los papeles con membrete. Otros, ya habían muerto. Los que podían leer sus nombres eran, además de Cipe, Agustín Alezzo, Marta Bianchi, Norman Briski, Víctor Bruno, Alberto Fernández de Rosa, Virginia Lago, Víctor Laplace, Federico Luppi, Haydeé Padilla, Jorge Rivera López, Irma Roy, Héctor Alterio, Norma Aleandro y Marilina Ross. Los ya fallecidos Carlos Carella, Alfredo Alcón, Onofre Lovero, Bárbara Mujica, Oscar Ferrigno, Jaime Kogan, Juan Carlos Gené y Luis Politti.

 Figura entre las figuras, Cipe podía decir entonces que llevaba más de setenta años vinculada al arte. Desde sesenta años antes sabía del éxito internacional, si se tiene en cuenta que en 1957 realizó una gira que contemplaba recitales en París, Moscú, Berlín y Varsovia. En su curriculum vitae sobresalían actuaciones en puestas como “Madre Coraje”, “Las brujas de Salem”, “Las tres hermanas”, “Sara Bernhardt”, “Nijinsky, clown de Dios”. Había concretado grandes protagónicos en televisión, en adaptaciones de “Ana Karenina”, “Rojo y Negro”, “Casa de muñecas”, entre otros. En cine, había sido parte de los elencos de “Quebracho”, “La tregua”, “Boquitas pintadas”, “Una mujer”, “El juguete rabioso”, “Naked Tango”, “La amiga”, “Caballos salvajes”  A lo largo de esas décadas había trabajado junto a figuras internacionales de la talla de Lindsay Kemp, Maurice Bejart, Liv Ullmann, Robert Sturúa, Jorge Donn, Nikita Mijalkov y Vittorio Gassman. Pero nada ni nadie conseguiria sacarle de adentro esa sensación de injusticia que masticaba pensando en los tiempos de persecuciones, en no menos de quince años de peregrinaciones, miedos y lejanías. Acaso de eso hablaban en silencio sus ojeras. Podía decir, como su amigo Gené, “Mi patria es el escenario” pero era una verdad a medias El Once también era su patria. Y la furiosa ciudad que lo rodea también. O en todo caso, la Matria.

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 Las listas de figuras a censurar en ámbitos oficiales, lo que lograba un efecto dominó en los privados, dividía a los perjudicados en cuatro categorías, de Fórmula 1 a Fórmula 4. La "Fórmula 4", según la percepción del gobierno de facto, agrupaba a los que revestían para el Estado el mayor nivel de peligrosidad. "Registra antecedentes ideológicos marxistas que hacen aconsejable su no ingreso y/o permanencia en la administración pública. No se le proporcione colaboración",  puntualizaba. Cipe estaba en este grupo. Traducida a la lógica del momento, en que todos los canales y radios estaban manejados por el estado, a lo largo y ancho del país, la inclusión de una persona en esta nómina era una especie de “muerte civil”. Los empresarios de teatros y la prensa gráfica concretaban a partir de eso sus propias medidas de prevención. Desafiar las recomendaciones que venían de arriba podía ser suicida.

  En la "Fórmula 3" aparecían en aquellas listas las figuras que según los agudos servicios de inteligencia registraban "algunos antecedentes ideológico marxistas" pero sin que resultaran “suficientes para que constituyan un elemento insalvable para su nombramiento, promoción, otorgamiento de beca, etc.". En el nivel "Fórmula 2" estaban aquellos que, a los ojos de la dictadura, tenían antecedentes que no permitían "calificarlos desfavorablemente desde el punto de vista ideológico marxista". En la "Fórmula 1", en tanto, revistaban personas que no tenían "antecedentes ideológicos marxistas", pero podían ser peronistas, demócrata cristianos, defensores de derechos humanos o radicales críticos. Como se verá, los militares con Jorge Rafael Videla a la cabeza creían estar librando la Tercera Guerra Mundial contra un enemigo que estaba infiltrado en todos los estamentos de la sociedad. Los actores desaparecidos entre 1976-1983 fueron 28. Los que debieron emigrar o buscar empleos alternativos, docenas de docenas, de los muy famosos en adelante. Las listas venían con un instructivo que recomendaba quemarlas una vez recibidas, para que no quedaran pruebas.

 Cipe, cuyo nombre original era Cecilia, había sido considerada parte de las brigadas culturales de la izquierda argentina desde que en los 50 comenzó a brillar como actriz de repertorio, antes de convertirse desde mediadlos de los 60 en una estrella solitaria del llamado “Kabaret literario”. Quilombera había sido siempre, desde el secundario.  En sus días de estudiante secundaria encabezó una huelga de alumnos en el Carlos Pellegrini. Como los entusiastas integrantes del Centro de Estudiantes impidieron el acceso al Colegio de los profesores, las autoridades los expulsaron. Camino a su casa, Cecilia dudó sobre en que debía contar a sus padres la mala nueva. Cuando juntó valor, la niña que como actriz haría dos veces la obra “Madre coraje y sus hijos”, se encontró con una respuesta inesperada. "¡Mejor! Mucho mejor. Así podrás dedicarte completamente al teatro", le dijo su padre. Traspasando las barreras del teatro de la comunidad judía primero y del teatro serio de luego, sus shows kabareteros quedaron colocados en los años 60 en el centro de la escena de un nuevo under con onda, el del café concert y sus alrededores. Desde el nombre de las salas, entre ellas “El gallo cojo” y “La Gallina embarazada”, la transgresión era evidente, en una sociedad intensamente pacata, en general.

 En la década anterior, la habían consagrado sus actuaciones en “Madre Coraje y sus hijos” y “Las brujas de Salem”, durante los últimos años del segundo gobierno de Juan Domingo Perón.  No hizo teatro durante la dictadura de Aramburu-Rojas. Ahora, en los 60, cuando una nueva dictadura gobernaba un país con el peronismo todavía proscripto --y los teatros oficiales y las grandes salas resultaban inaccesibles para los revulsivos-- fue necesario que se reinventara. Vaya si lo hizo, aunque era mayor en edad y experiencia que la mayoría de los artistas que la rodeaban, casi todos veinteañeros. El género que había inventado le permitió viajar liviana de equipaje y ganarse la vida ofreciéndole espectáculos unipersonales al público que la apreciaba en España, Italia, Alemania, Rusia, Estados Unidos, Colombia, Puerto Rico, Venezuela, Uruguay entre otros países. Eran canciones, poemas y monólogos, unidos en shows que resultaron una tabla de salvación para su economía. Los títulos eran autorreferenciales: “De dónde soy lo que soy”, “Gracias”, “Nuevamente gracias”, “Siempre vuelvo a ti”, “Siempre vuelvo”. Luego, ya en democracia, vendrían los unipersonales, parecidos pero menos urgentes.

 A mediados de los 90, recordando aquella época que fundó una escena, el diario Clarín retrató el segundo lustro de los 60 como un semillero de futuras estrellas: “Imaginen que pagan el triple de lo que vale una entrada de teatro para sentarse apretujados en un rincón. Que les sirven un vaso de whisky rebajado o un jugo de naranja en peores condiciones. Que en medio de la oscuridad descubren las paredes adornadas por las manos más valiosas de la plástica local. Cuando ustedes empiezan a acostumbrarse a esa enrarecida atmósfera suben a escena tres o cuatro figuras paradigmáticas del humor (pongamos: Edda Díaz, Antonio Gasalla, Nacha Guevara, Les Luthiers...) pero tienen veintipico y no los conoce nadie. Imaginen que afuera hay olor a censura y a golpe militar. Y que adentro se respira sarcasmo, audacia, inteligencia, rebeldía. El café concert, que desembarcó en Buenos Aires hace treinta años, era algo parecido”.

El del golpe de estado de Juan Carlos Onganía fue un año especial. Estaba comenzando el boom del rock argentino: Los Beatniks habían grabado “Rebelde” y Los Gatos registrarían durante el año siguiente “La Balsa”. Cuando aún gobernaba Arturo Illia, Nora Blay, Edda Díaz, Gasalla y Carlos Perciavalle estrenaron en marzo “Help Valentino!”, un experimento de psicodelia argenta que combinaba a Los Beatles con el imaginario de los amantes latinos. En diciembre de 1966, medio año después del golpe militar, empezó la era de “La Botica del Angel” de Eduardo Bergara Leumann, (allí se inició en el oficio de cantar tangos la joven actriz Susana Rinaldi y Haydée Padilla se convirtió en “La Chona”). Onganía ya había instalado la Doctrina de Seguridad Nacional, y vulnerando la autonomía de la Universidad provocando un éxodo de cerebros brillantes, en la llamada Noche de los Bastones Largos. Había prohibido la representación en el Teatro Colón, de la ópera “Bomarzo”, de Alberto Ginastera, partir de una novela de Manuel Mujica Lainez, aduciendo que debía resguardarse “la moral pública”.

  Sin embargo, o por eso, brotaban artistas parecían salir de todas partes. De un sótano de San Telmo, del vanguardista Instituto Di Tella (donde se estrenó “Nacha de noche” y Jorge Schussheim le puso letra al tema “El culo me pesa”), de la televisión (como Marilina Ross), del coro de la Facultad de Ingeniería (allí se formó I musicisti, germen de Les Luthiers), del Collegium Musicum (donde enseñaba piano Gladys Le Bas antes de ser Ladivaverde) o de la revista Billiken (que tenía a Enrique Pinti escribiéndole los guiones a “El mono relojero”)”.

 “En los primeros años 70 habían proliferado una veintena de reductos más o menos civilizados que servían whisky, la bebida de la época antes de que el champán se impusiera definitivamente. Periódicamente los clausuraban, los multaban, los difamaban”, narró el homenaje periodístico a aquel espíritu. “El empresario Lino Patalano, que con Elio Marchi abrió legendarios locales como La Gallina Embarazada, reconoce que "a veces la puerta de entrada no medía ni 1,60 metro, o ingresaban 90 tipos en un lugar previsto para 30". Pero se las rebuscaban para renacer. Y siempre estaban llenos. De un lado del escenario convivían Vinicius de Moraes, Horacio Molina, Elsa Berenguer y Cipe Lincovsky (“La reina del Kabaret”). Del otro lado, o del mismo, porque la clave era que público y artistas estuvieran bastante mezclados, se sentaban Ernesto Sábato, Dominguín, Robert Altman, Lee Strasberg, Mujica Lainez y el-vecino-de-enfrente.

  "El público podía tirarte con algo -recuerda Nacha-: una vez, cantando la “Canción de los boludos” un tipo me increpó: ¿Habla en sentido fisiológico o psicológico?". El desenfado se contagiaba, y a veces acobardaba. Costó meses convencer a la tímida Niní Marshall de subirse a la tarima de El Gallo Cojo y estrenar su ácido “Y se nos fue redepente...”. (…) Otros parroquianos no debían sentirse tan a gusto en ese ambiente donde, al decir de Schussheim, "se revolvían cerebros". Que lo diga, si no, Perciavalle, que en el 74 tuvo que suspender una función del unipersonal “Uno a querer” porque un energúmeno arremetió al grito de: "Soy coronel del ejército y voy a reventar a tiros a todos". Unos dicen que antes la gente era más buena, que los artistas no se recelaban ni envidiaban, que la solidaridad y el voluntariado forjaron el café concert. Pero tal vez los años contribuyan a idealizar esa tibia camaradería. En 1971, a Marcos Mundstock por caso, le tuvieron que dar dos puntos después que Nacha lo atacó con los restos de un vaso de vidrio roto, en medio de una vehemente discusión por problemas de horarios. La auténtica violencia, sin embargo, se gestaba en otro lado. No en los insultos que Pinti dedicaba a los próceres en “Historias recogidas”, ni entre quienes se pronunciaban a favor o en contra de las canciones de protesta de Marikena Monti. Ni en la hipocresía de cierta prensa que no publicaba avisos de El Gallo Cojo "por obscenos". Rondaba en cambio cerca del almirante Rojas y sus custodios armados que vigilaban, en primera fila, el show “Orgullosamente humilde” en el que Edda Díaz satirizaba a Lanusse”.

 Cipe guardó consigo por siempre ese espíritu, en un marco en que el desenfadado sexual también marcaba terrenos. En 1998, Magdalena Ruiz Guiñazú la entrevistó para el diario Página/12, una alianza que empezaría a ser imposible un lustro más adelante. Contó que vivía “en un amplio departamento que podría perfectamente estar ubicado en algún rincón parisino”.  Y creyó procedente agregar que cierto estilo francés caro a los arquitectos argentinos de los años '20 resultaba un marco perfecto como hábitat de una argentina “de raíces europeas y vivencias profundamente criollas” cuya historia personal era inseparable de la aventura teatral en el país. "Cuando mi papá llegó a la Argentina abrió una escuela, luego una biblioteca y finalmente un teatro", aseguraba Cipe. “Cuesta poco imaginarse a ese joven intelectual, Joel Lincovsky”, le  planteó la periodista. “Un hombre enrolado en la izquierda de la época, un romántico cuyo único equipaje hacia el nuevo mundo fue un baúl lleno de libros y el edredón de "duvet", de plumas de ganso, regalo de su abuela en el día de su casamiento con la hermosa Sarah Kessler”, contestó Cipe. “Y en sus sueños acunados por tanta tibieza, Joel también se aferró al teatro, esa vieja tradición maravillosa de la Rusia natal”.

   El padre de Cipe se convirtió muy pronto en el empresario del Teatro Excelsior de Buenos Aires que estaba ubicado frente al Mercado de Abasto. Allí presentó a famosos actores judíos como Bulof, Ben Ami, Maurice Schwartz y tantos otros que vivían en Estados Unidos y aprovechaban el verano del norte para instalarse en Buenos Aires desde junio hasta setiembre” Poco después, junto con otros inmigrantes, Joel fundó el inolvidable Teatro IFT. "Puedo decir que allí nací, crecí. Aprendí a hablar y a caminar sobre ese escenario. Fue algo absolutamente natural. No tuve que luchar contra nada ni nadie, ni forzarme para ser actriz. Te diría que podría compararlo con dejarme llevar por las aguas de un río”, poetizó la entrevistada. Magdalena le preguntó entonces si el teatro podía ser considerado el centro de su vida. “El teatro fue fundamental”, respondió Cipe, “pero también los hombres”. Agregó: “Creo que nunca hubiera dejado la carrera por un hombre… pero una vez en mi vida llegué a pensarlo...”

Sin embargo, el teatro fue más importante para ella que sus parejas más o menos estables. “Mirá, yo tenía un novio desde los trece años, Meme, que luego fue el padre de mi hija. Era un muchacho de Villa Lynch. No era actor pero yo lo arrastré al IFT pese a que su padre quería que trabajara con él en la fábrica textil de la familia. Durante aquellos años las cosas, y te estoy hablando de una posible dicotomía, no me fueron difíciles. Meme y yo estábamos siempre en el teatro. Juntos. Es cierto que hubo cortes importantes como cuando, después de una cesárea, puse a Paloma en un moisés y me la llevé a Alemania donde tenía que presentar la primera obra antinazi que se dio en Berlín occidental”. En sus memorias, publicadas en formato de libro durante 2006 con el título de “Encuentros. Vida de un artista”. Cipe contó inclusos algunas aventuras sexuales durante el exilio, entre ellas las de 1979, cuando hacía temporada en España con una obra de homenaje a Isadora Duncan dirigida por el coreógrafo británico Lindsay Kemp, con el que actuaría también en una puesta de “Salomé” con la que recorrerían Italia, España y Alemania.

 Para representar a la bailarina, no solo debía lanzar sino que debía concretar desnudos durante una gran parte de a la obra. “Y en medio de toda esa locura, esa locura bendita –contó-- apareció otra locura: un amigo que cada dos meses, o cuando podía, venía a verme desde Buenos Aires. A verme…más que verme. Cada vez que sonaba el teléfono en la sala de ensayo, Lindsay gritaba entre suspiros: “Cipe´s lover!”. Hasta que un día llegó a Sitges, y no besamos, y con mucha suavidad fuimos deslizándonos hasta quedar así, desnudos, y luego imperceptiblemente seguimos deslizándonos adentro, en nuestra intimidad, y el placer se desparramó hasta la madrugada…”

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   Unas pocas horas después de la muerte de Cipe en 2015, su única hija, Paloma Wigodzky, le tributó un homenaje llamativo, en que la retrató con una sucesión de imágenes fuertes: “Amó profundamente la vida, la disfrutó intensamente, se aferró a ella hasta el último momento peleando como una guerrera, fue generosa y también de un egocentrismo enorme, tuvo la enorme suerte de ser amada tal cual era, con sus enormes defectos y sus grandes virtudes, era tómala o déjala. Esa mujer coraje que subía al escenario y lo abarcaba todo fue también siempre una niña pequeña y frágil, que soñaba cada día con su padre, el inmenso e imprescindible Joel Lincovsky, uno de los fundadores del IFT, Zumerland, un educador y formador de generaciones enteras , que militó hasta el último día de su vida por el otro, el ser humano que más amó , la hizo quien era, la formó y a quien ella vio, extrañó y necesitó hasta el último minuto de su vida, al que llamaba en sueños y pesadillas cada noche y a quién yo también le debo lo que soy éticamente como persona”.   

       “Su bella casa de Viamonte fue la casa del encuentro de toda una generación de actores, intelectuales, exiliados a quienes ella recibía generosamente con comida judía y su don para agasajar a sus amigos”, continuó. “Por allí pasaron desde Quino a Cortázar, de Victor Jara a la Negra Sosa, el clan Stivel completo, Tato Bores, el entrañable Daniel Rabinovich, Jorge Schussheim , Alterio, Victor Laplace, La Piccio, Cipe Fridman, Lino Patalano, Elio Marchi, los ensayos de Las grandes novelas, los exiliados del golpe a Allende y de ahí partió hacia el exilio en España. Nadie recitará ya a Brecht como ella. No fue una persona fácil, en una mezcla de egoísmo y generosidad permanente, siempre era Cipe Lincovsky, la diva y a su vez su casa siempre estaba abierta a cualquiera que necesitara un lugar para vivir. Peleé durante casi toda mi vida por ser distinta a ella, padecí sus ausencias, pero también sé que mi amor por el arte, mi ideología, mi deseo de un mundo mejor, se lo debo a ella, mi padre y Joel, que me criaron disfrutando del teatro y la música, sin fronteras, en la pelea por un mundo mejor, en la dicha de haber ido a Zumerland, de haber sido acunada en idish”.

 “Como dije en su despedida en el Panteón de Actores, agregó Paloma,  “se fue en paz, rodeada de sus nietos y sus amigos incondicionales y lo hizo en paz porque fue de una absoluta coherencia, sin la más mínima claudicación artística e ideológica en todo lo que hizo arriba de un escenario fiel al mandato de su padre que le decía “ Cipe el talento es importante , pero solo no basta, tiene que hacerle bien a la gente “ y porque en los últimos años de su vida y eso es maravilloso supo aprender a agradecer el enorme afecto y cuidado que recibió de sus amigos y familia.”

 Pero nada mejor que la propia actriz para contarse. El capítulo uno de su único libro como autora, maravillosamente narrado, es tan breve como contundente. Cuenta como entregó su virginidad al chico aquel al que convenció de hacer teatro para tenerlo cerca y resultó luego, el padre de Paloma:

“Habían pasado varios días y yo todavía estaba pensando qué le podía regalar... Ya le había dado los gemelos de oro y la traba que en esa época se usaba en la corbata; no podía pedirle plata a mi papá, realmente no sabía qué hacer.

Pero esa tarde se me ocurrió algo.

Fui a la florería que estaba en la esquina de la avenida San Martín y avenida América, y le pedí a don Felipe que me hiciera un moño de cinta celeste bien grande, con dos tiras largas. El me preguntó:

–¿Y con qué flores, Cipe?

–No, flores no necesito. Solamente las cintas celestes –le contesté.

Después me fui a mi casa –a la que todavía llaman “el castillito”, porque es una casa que está sola en su manzana y es como un castillo en miniatura–, que quedaba a dos cuadras, frente a la estación Devoto, apenas llegué lo llamé a Meme y le pregunté si venía a buscarme o quería que yo fuera por él.

–No, vení vos, porque mis viejos todavía no se fueron al club y tengo que bañarme y vestirme –me dijo.

Muy bien.

Entonces me bañé, me arreglé, me puse el vestido de encaje celeste que mi mamá me había hecho el año anterior, para la fiesta de quince, y me miré en el espejo. Me puse el moño para ver cómo me quedaba. Estaba nerviosa: iba a ser la primera vez. Me saqué el moño, me peiné: me temblaba la mano con el peine. Salí caminando para su casa, a buscarlo; llevaba al moño en la mano.

Subí los dos pisos de escaleras, me puse el moño en la cabeza, y en ese instante sentí que el moño y mi cabeza se disparaban en un arrebato, pero toqué el timbre. Meme salió, mojado, envuelto en una toalla. Yo abrí los brazos, y le dije:

–Meme, acá tenés tu regalo para los dieciocho años...

Se le cayó la toalla. El fue mi primer hombre y el padre de mi única hija. Era el 4 de abril de 1945.”

En “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, Pablo Neruda escribió: “Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia/Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso/Oscuros cauces donde la sed eterna sigue, / y la fatiga sigue, y el dolor infinito.” La sed eterna tal vez sea una de las formas más hermosas de definir el deseo que no cesa, aunque pasen los años, las eras. En el famoso soneto en que soñó que hay un amor constante, más allá de la muerte, Francisco de Quevedo escribió: “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día, /y podrá desatar esta alma mía/hora a su afán ansioso lisonjera;/mas no, de esotra parte, en la ribera,/dejará la memoria, en donde ardía:/nadar sabe mi llama la agua fría,/y perder el respeto a ley severa./Alma a quien todo un dios prisión ha sido,/venas que humor a tanto fuego han dado,/ médulas que han gloriosamente ardido,/ su cuerpo dejará, no su cuidado;/serán ceniza, más tendrá sentido;/polvo serán, más polvo enamorado”. Es bueno pensar a la enorme actriz dramática argentina a Cipe ya polvo, pero polvo enamorado.

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Escrito por Noticias Argentinas
Buenos Aires, NA